Este 2017 que ya casi termina celebra un gran acontecimiento, el centenario del nacimiento de Irving Penn, uno de los mejores fotógrafos del siglo XX. Una vez terminada su exhibición en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, es ahora el Grand Palais, la institución que rinde homenaje a este gran talento, famoso por la realización de instantáneas de celebridades tales como: Pablo Picasso, Yves Saint Laurent, Audrey Hepburn, Alfred Hitchcock, etc.

Al mismo tiempo que se muestra fiel al trabajo en estudio, este autor consigue incluso en exteriores, transmitir al modelo una atmósfera de intimidad, obteniendo así mediante la meticulosidad casi enfermiza, un resultado de rigor mezclado con una aureola de elegante simplicidad.

“En una vida, cada sujeto debe mucha historia que contar al ser humano”. Esta era la motivación del artista acerca de la necesidad innata en él de mostrar, de contar sin cesar todo lo que sucede a su alrededor. En la exhibición que se ha inaugurado recientemente en la capital francesa, podemos empezar a conocer su obra desde sus comienzos en los años 30 como asistente de dibujo en Harper’s Bazaar, donde adquiere su primer Rolleiflex y fotografía a la vez que pinta en viajes por el sur de Estados Unidos y México.

Una búsqueda del tema de la imagen, al tiempo que enmarca ésta con letreros pintados a mano y letreros vistos en Filadelfia y Nueva York. En esta época nacen, lo que define Penn como sus naturalezas muertas. El artista recurre a la naturaleza muerta de varios objetos, dispuestos para excitar el sentido del tacto del lector. Paciente y sensual, sus composiciones muestran un agudo conocimiento de la historia del arte, de los maestros holandeses del siglo XVII. Un bolso volcado, un café abandonado… Imágenes plagadas de pistas, algunos de sus bodegones, muy narrativos, funcionan como instantáneas de una vida suspendida, detenida.

Al componer estas imágenes, Irving Penn cuenta historias cuyos protagonistas han desaparecido, dejando solo sus huellas. Él construye estas fotografías (y todas las demás) como un virtuoso de la simplificación, invitando al espectador a mirar en profundidad para apreciar completamente y comprender su orden interno y descubrir los signos de vida que contienen. Estos trabajos le valen para que el director artístico de Vogue, Alexander Liberman lo contrate en 1943 para diseñar las portadas de la revista y lo alienta a afirmarse en la profesión de fotógrafo.

Esta alianza laboral permitirá al joven Irving crear su trampolín hacia el éxito, pues además de continuar con sus trabajos de moda, incluso se casará con la modelo Lisa Fonssagrives, le serán encargados una serie de retratos de celebridades a finales de los años 40. Estos retratos, destinados a enriquecer la revista con una dimensión cultural, se publicarán en varios números sucesivos. Los modelos están designados con anticipación, pero Penn tiene carta blanca para decoraciones, iluminación y  coordinación de las sesiones.

Dalí o Hitchcock, modelos muy famosos posan para el fotógrafo, quien paga con ellos su incomodidad ante tamañas celebridades. Su esquema de trabajo es ubicar a sus “invitados” en un ángulo formado por dos particiones, una especie de callejón sin salida, cuya entrada está bloqueada por el fotógrafo. Las estrellas, más acostumbradas a ser aduladas, deben adaptarse a este espacio restrictivo, colocándose a veces de cualquier manera frente al ojo curioso del objetivo.

A algunas personas les resulta más fácil adaptarse a la austeridad de esta decoración cruda y poco gratificante, que a veces exagera las desproporciones físicas, debido a los disparos de gran angular en primer plano.

Irving Penn decía que una buena fotografía es aquella que, además de comunicar un hecho llega al corazón del espectador y lo transforma. Desea que sus retratos tengan el mismo poder irreductible que las pinturas. Se inspira en las obras de Goya, Daumier y Toulouse-Lautrec, lecciones de encuadre, iluminación y elocuencia instantánea. Para él, lo principal es atravesar la expresión de la fachada y la armadura de las celebridades que vienen a posar en su estudio. Penn los recibe tal como es, con jeans y camisa blanca, y comienza a tranquilizarlos ofreciéndoles un café. Posteriormente, anima a sus modelos a seguir durante toda la sesión, rompiendo gradualmente sus defensas para que compartan su proyecto. No está satisfecho hasta que su interlocutor se relaciona con él en un terreno sensible, donde las verdades refuerzan y revelan su profunda esencia.

Las imágenes que resultan son de gran intensidad psicológica y, sin embargo, elegantes y sutilmente compuestas, sitúan al sujeto en una atmósfera serena, de una limpidez sobrenatural. Esto se muestra patente en la foto de Pablo Picasso tomada en La Californie (la villa del artista en Cannes) en 1957, el ojo izquierdo del artista nos mira intensamente desde su único perfil visible, de modo que su rostro se asemeja casi a algunos de sus retratos cubistas.

Penn amaba el minimalismo. El día que insiste en llegar a su cita con Picasso, a pesar de las protestas de los agentes del artista, alegando que no está en casa, se lo encuentra con un sudadera gris. Este atuendo no le inspira. El pintor español decide, por diversión, usar una capa española y un sombrero. Penn, por su parte, trabajando en la postura para salir de la idea del disfraz, se acerca gradualmente al ojo izquierdo del artista, que aísla para convertirlo en el punto focal de una imagen enmarcada reducida a lo esencial. Picasso le había dado solo diez minutos, pero el fotógrafo, de ninguna manera desalentado, movilizó todo su talento y experiencia para esculpir la esencia de este fascinante personaje. Los retratos de Penn no se parecen a los de ningún otro fotógrafo.

En esta gran retrospectiva parisina pues, nos deleitaremos con las imágenes de moda, trabajadores urbanos, tribus de Nueva Guinea, exquisitas naturalezas muertas, desnudos femeninos… setenta años de profesión bajo el lema de “menos es más”. Imperdible.

 

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