Por Rafael Brines Lorente 

Foto Studio Sanchis 1.901

Resulta indescifrable, por su multiplicidad, la misión que, desde el pasado siglo XVI ha prestado la Lonja de Valencia, uno de los edificios más representativos –eso que los cursis decimos “emblemáticos”- de Valencia, si no es el más reconocido por propios y extraños, por paisanos y turistas.

Desde que a finales del siglo XV y comienzos del siguiente fue Pere Compte el realizador de semejante hazaña inmobiliaria, con un gótico seguido de renacentista, la Lonja ha tenido diversas funciones, pero siempre relacionadas con el comercio, y que a lo largo de tantos años ha ido variando, siendo historia centenaria para ser leída y que ya en el siglo XX y en el XXI es conocida por los supervivientes.

Tuvo diversas funciones, y allí el comercio encontró su escenario y su expansión; fue lugar para tratantes, fue “mostrador” de la seda –de ahí el nombre popular que se le dio mucho tiempo- y en ocasiones quedó paralizado.

Incluso en las guerras napoleónicas llegó a ser albergue o acuartelamiento para soldados, que allí tuvieron cobijo. Conocida como “Lonja de la seda” desde los años treinta del pasado siglo, después de la guerra civil aún recuerdan los veteranos que se mantuvo bastante tiempo el establecimiento de mesas para los mercaderes que allí efectuaban los canjes de moneda.

Y la tradición mercantil, comercial al detalle, se ha mantenido. Pues si el enorme edificio de la Lonja es utilizado debidamente para actos sociales, culturales y reuniones masivas, los valencianos estamos acostumbrados a la zona, y los domingos, en torno a la enorme mole de este edificio, se monta en la plaza del mercado y calles adyacentes unos mercadillos populares, que son recuerdo de lo que siempre fue aquel ambiente.

La Lonja y sus alrededores, a pesar del tiempo, siguen siendo atractivo para mercaderes y compradores. 

 

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