Siendo este un blog que promueve que salgamos de excursión y nos expongamos al sol, y siendo el cáncer de piel uno de los más frecuentes y letales, resulta un ejercicio de responsabilidad ahondar en la forma más efectiva de recibir del astro rey solo lo positivo y de protegernos ante lo negativo. Vamos a conocer todo lo necesario sobre este tema en el presente artículo, por supuesto, sin renunciar nunca al consejo profesional de nuestro dermatólogo.

En efecto, según la Organización Mundial de Salud, cada año se producen entre 2 y 3 millones de casos nuevos de cáncer de piel no melanocítico y más de 200 mil melanomas malignos. En Europa, cada año se diagnostican 62 mil casos de melanoma avanzado. En España se producen unos 4000 casos de melanomas. El cáncer de piel representa el tumor más frecuente en los jóvenes de entre 25 y 29 años y el segundo en prevalencia en el periodo de edad comprendido entre 15 y 24 años según destaca el director del Servicio de Cáncer de Piel del Hospital USP San Camilo, Miguel Sánchez Viera. Los expertos en dermatología afirman que 1 de cada 5 españoles sufrirá cáncer de piel a lo largo de su vida. La media de incidencia en nuestro país es de dos por cada 100.000 habitantes. Según la Academia Española de Dermatología y Venereología, se trata de un problema que empeora, pues la incidencia de melanoma aumenta un 7% cada año.

Tomar el sol produce una inigualable sensación de bienestar, puesto que, en ese momento de sosiego, se libera la llamada “hormona de la felicidad”, esto es, serotonina. Además de resultar antidepresivo, reduce la irritabilidad, desinfecta y cicatriza heridas superficiales (la radiación ultravioleta elimina múltiples microorganismos), actúa de manera beneficiosa ante enfermedades cutáneas (psoriasis, acné, seborrea), mejora la circulación sanguínea, disminuye el nivel de glucosa en sangre, aminora las dolencias leves, modula las funciones hormonales y aumenta los niveles de vitamina D en el organismo. Dicha vitamina fortalece los huesos (antirraquítica), estimula el sistema inmunitario, ayuda a absorber el fósforo y el calcio por el intestino y previene la diabetes, la osteoporosis, problemas cardiovasculares y ciertos tumores. Por el contrario, un excesivo recelo a exponerse al sol puede ser perjudicial, porque perdemos sus efectos beneficiosos.
La radiación solar se compone básicamente de tres tipos de radiación: la ultravioleta (5%), la visible (39%) y la infrarroja (un 56%), de los que podemos destacar las siguientes características:

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-La radiación visible consta de los 7 colores del arco iris (violeta, índigo, azul, verde, amarillo, naranja y rojo).

-La radiación infrarroja penetra hasta la hipodermis, aporta sensación de calor sin quemar, aunque un exceso puede provocar insolación. En su justa medida, posee efectos positivos sobre nosotros, pues estimula la circulación de la sangre y regula el metabolismo.

-La radiación ultravioleta (UV) se divide a su vez en tres: la tipo C (UVC) que es la más energética y por tanto resulta muy peligrosa para el hombre y que la atmósfera (ozono, oxígeno, dióxido de carbono) retiene en su mayor parte, aunque la reducción de la capa de ozono provoca que recibamos mayor radiación de este tipo. Asimismo, actúa como antibacteriana, fungicida y antiviral y también sirve para desinfectar el agua; la tipo B (UVB), penetra poco en la dermis, hasta la capa basal donde se encuentran las células de la pigmentación, resulta también muy energética, el 90% es bloqueada por la atmósfera, puede dañar el ADN y provocar quemaduras, envejecimiento cutáneo y cáncer de piel y, como puntos positivos, broncea la piel y fomenta la producción de vitamina D; y, por último, la tipo A (UVA), no es retenida por la atmósfera, de la que se estima que del 30% al 50% penetra en niveles profundos de la dermis, es más peligrosa que la UVB y provoca fotoenvejecimiento y melanomas si no tenemos cuidado.

La intensidad de la radiación solar que incide en nosotros depende principalmente de la cantidad de ozono encima de nosotros, presente en la llamada ozonosfera o capa de ozono, que evita que nos llegue la mayor parte de dicha radiación. Como hemos visto, el ozono en la estratosfera detiene casi toda la radiación UVC, alrededor del 90% de la UVB y casi nada de la UVA. La radiación ultravioleta que traspasa la capa de ozono puede ser absorbida en parte por las nubes, los gases del aire y la contaminación atmosférica. La presencia de nubes refleja un porcentaje escaso de la radiación al espacio, en especial retiene la radiación infrarroja, por lo que reduce el calor y aumenta el riesgo de quemaduras cuando la gente se confía. Las partículas en suspensión (como el polvo u hollín) en el aire causan oscurecimiento del cielo y bloquean la radiación. Otros factores que también influyen en la intensidad de la radiación sobre nosotros se refieren a latitud u oblicuidad de los rayos,  altitud, sucesión de estaciones y horas del día. La intensidad también varía a lo largo del día, resultando mayor entre las 11 y las 17 horas porque es cuando el sol se encuentra a mayor altura. Por tanto, al atardecer y amanecer, cuando la incidencia de radiación solar es casi horizontal, la intensidad es menor. En resumen, cuanto más alto se encuentre el sol con respecto al horizonte, más intensa será la radiación.

La estación en la que nos encontramos también constituye un factor crucial en la incidencia de radiación sobre nuestro cuerpo, ya que en las estaciones más cálidas es cuando la intensidad se incrementa. Dependiendo del ángulo de incidencia, la intensidad será menor o mayor. Así, en el ecuador la intensidad de la radiación resulta muy alta porque los rayos solares inciden perpendicularmente con respecto a la superficie terrestre y no varía durante el año como en las latitudes. Cuanto más nos alejamos del ecuador, la intensidad será menor, hasta que llegamos a los polos. En el hemisferio norte, entre mayo y septiembre los rayos inciden con más intensidad por dicho motivo, que coincide con las estaciones cálidas, ya que en verano aumenta la perpendicularidad de los rayos solares. Ello a pesar de que en el verano del hemisferio norte coincide cuando la distancia de la Tierra al Sol es mayor. Un apunte: si observamos que nuestra sombra es más pequeña que nosotros, significa que la radiación es intensa.

La reflexión de la radiación solar al incidir sobre una superficie afecta en la mayor o menor intensidad de radiación sobre nosotros, puesto que la reflexión en el lugar en que nos encontremos puede provocar una radiación extra sobre nosotros dependiendo de lo que haya a nuestro alrededor: en la nieve o el hielo, se refleja el 80% de la radiación y podemos quemarnos fácilmente sin protección; el agua de mar, un 20%; la hierba refleja un 10%; la arena, entre un 20-30%; un bosque, 5-10%; el asfalto, un 2%. También las gotas de agua en nuestra piel funcionan como lupas que incrementan la intensidad. Otro factor para tener en cuenta consiste en que la intensidad de la radiación solar aumenta cuanta mayor altitud alcancemos. Esto último es así porque la atmósfera resulta más delgada cuanta mayor altitud y por tanto absorbe menos radiación. Se estima que cada mil metros que se sube, se incrementa un 15% la radiación ultravioleta. Actualmente, existe el problema de que nuestra mayor protección frente a los rayos solares, esto es, la capa de ozono, se encuentra gravemente deteriorada y en intermitente declive, al menos hasta que dentro de unos años los gases que la destruyen empiecen a desaparecer en su mayor parte de la atmósfera.
Como la piel y los ojos son los más expuestos a la radiación, resultan, lógicamente, los más vulnerables. No obstante, cabe resaltar que los tumores de la piel no cancerosos o benignos y otras alteraciones de la piel no letales (queratosis seborreica, angiomas adquiridos, lentigos solares, verrugas, lunares) resultan muy frecuentes en nuestra piel y pueden llegar a confundirse a simple vista, sin análisis clínico de por medio, con los cánceres de piel.

Estudiemos cuáles constituyen los principales problemas que puede ocasionarnos una prolongada exposición al sol en nuestra piel:

-Eritema o enrojecimiento de la piel. Señal inequívoca de alarma de que debemos protegernos del Sol. Constituye en sí mismo un cierto grado de quemadura.

-Quemaduras cutáneas, por exposición prolongada sin protección a los rayos solares. Pueden ser leves, moderadas o severas. Las leves y moderadas producen dolor un par de días y finalmente dan lugar a descamación. Las severas, las que mayor riesgo provocan a largo plazo de generar cáncer, producen ampollas o dolor durante al menos 2 días. El mayor peligro para este problema se produce en las horas centrales y en verano. O si nos encontramos en un paisaje nevado y con ambiente frío, ya que el frío posee un efecto vasoconstrictor que favorece las quemaduras. La acumulación de quemaduras a lo largo de la vida favorece el desarrollo de cáncer de piel. Si la quemadura afecta a más del 15% de la piel, si es un niño pequeño quien ha sufrido dichas quemaduras o si se siente cualquier malestar adicional (fiebre, náuseas, escalofríos, se forman ampollas, dolor de cabeza, rigidez de cuello) se recomienda acudir al médico.

-Queratosis actínica, senil o solar. Con una medida entre 0,3 y 1 cm, se observa como una lesión de color rojo o marrón cubierta con frecuencia de una escama blanco amarillenta y seca de tacto rasposo. Suele aparecer a partir de los 60 años en personas de piel clara y que se expusieron repetidas veces y demasiado al sol en el pasado. Se trata de un trastorno no canceroso de la piel, pero que se ha de vigilar pues en algunas personas tiende a convertirse en carcinoma espinocelular.

-Fotoenvejecimiento o envejecimiento precoz de la piel, entre cuyos efectos se encuentran: arrugas, lentigos, manchas, pérdida de firmeza y elasticidad de la piel, sequedad. Se estima que la radiación solar es responsable del 80% del envejecimiento de la piel.

-Telangiectasias o arañas vasculares, que son lesiones rojas producidas por la radiación continua que dilata las capas superficiales de la piel, incluso de los vasos sanguíneos.

-Alergia solar o erupción polimorfa lumínica, si después de exponerse al sol, pequeños puntos rojos con picor aparecen. Resulta un problema bastante habitual y que se encuentra en aumento. Se suele manifestar en verano o primavera cuando la piel no se encuentra preparada ante la exposición solar. Se incluyen prurito y erupciones cutáneas. También pueden darse bolsas, granitos, habones y enrojecimiento. Se ha de resaltar la fotosensibilización o reacción fotoalérgica, que se establece cuando hay alguna sustancia, habitualmente tópica (medicamentos, desodorantes, cremas para el sol…) que al asociarse a la exposición solar, sensibiliza la piel generando una reacción que se manifiesta habitualmente en forma de eccema o desde un simple eritema a la aparición de vesículas, ampollas o descamación de la piel.

-Cánceres de piel de tipo no melanoma, que no se producen en los melanocitos de la piel y que resultan más frecuentes que los melanomas. Se incluyen el carcinoma basocelular, que se origina en las células basales, y el carcinoma espinocelular o escamoso, que se origina a partir de los queratinocitos o células escamosas. El carcinoma basocelular resulta el más común y se presenta en forma de bulto de apariencia suave y nacarada o en forma de cicatriz firme al tacto. Crece lentamente a lo largo de los años y de manera excepcional se extiende o desarrolla metástasis. El carcinoma espinocelular crece más rápido que el anterior y puede extenderse a los nódulos linfáticos cercanos y se presenta en forma de bulto rojizo y duro, o con aspecto escamoso o puede sangrar y formar costra. Ambos se eliminan con extirpación quirúrgica.

-Melanomas. El melanoma cutáneo posee menor incidencia que el carcinoma espinocelular o el basocelular, aunque presenta un peor pronóstico ya que representa 6 de cada 7 muertes de cáncer de piel. Un melanoma surge espontáneamente o a partir de un lunar que se modifica y es el que más posibilidades tiene de metástasis. Se origina en los melanocitos, un tipo de célula que se encuentra en la epidermis. El cáncer cutáneo surge por la exposición a los rayos UVA y UVB cuyos efectos dañinos se acumulan en la piel a lo largo de años a través de exposiciones solares durante largos periodos de tiempo, o con exposiciones intermitentes e intensas que generan quemaduras (como en las vacaciones de verano). Las personas con muchos lunares son más propensas a padecer melanoma. La probabilidad de padecer cáncer de piel es 10 veces mayor en las personas de raza blanca que en las negras. Además, si se tienen antecedentes familiares, un sistema inmunológico debilitado o se ha padecido de un melanoma anteriormente, también aumenta la posibilidad de desarrollo de melanoma. Puede aparecer en cualquier parte del cuerpo, aunque resulta más común en las zonas de mayor exposición solar, como cara, cuello, manos y brazos.

Para ayudar a localizarlo, se suele seguir la regla del ABCDE, que se puede complementar con los 7 puntos de Glasgow para reconocer a los que no se identifiquen mediante la primera regla. La regla ABCDE indica que los melanomas presentan las siguientes diferencias con respecto a un lunar o nevus benigno:

  • A de Asimetría: es decir, un melanoma presenta bordes asimétricos ya que el contorno de una mitad no es igual al otro.
  • B de Bordes: los bordes resultan desiguales, borrosos o irregulares.
  • C de Color: puede blanquearse al iniciar su progresión hacia el interior de la piel, cuando empieza a crecer en profundidad. Si hay color, no es homogéneo. Puede ser de color negro, café, rojizo, canela.
  • D de Diámetro: Su tamaño suele variar tornándose más grandes.
  • E de Evolución: Además de estos signos de alerta, cualquier otra señal cutánea extraña, como sangrado, inflamación, enrojecimiento, picor, una llaga que no cicatriza, sensibilidad, dolor, protuberancia o nódulo nuevo, descamación…puede hacer sospechar de la presencia de melanoma y conviene acudir urgentemente al dermatólogo.

Los 7 puntos de Glasgow presentan 3 criterios mayores y 4 menores, constatando que el melanoma cambia de tamaño, de forma, de color y que puede presentar un diámetro igual o superior a 7 mm, inflamación, dolor, cambio de sensibilidad con dolor o picor.

Además de la regla del ABCDE, también se ha de tener en cuenta que algunos melanomas no muestran estos signos previos y de los cuales resulta más difícil realizar un diagnóstico precoz. Para ello se recurre al método “del Patito Feo”, puesto que el melanoma tendrá una apariencia distinta del resto de lesiones pigmentadas, como lunares, de la persona en cuestión. Por ejemplo, entre muchos lunares, aquella lesión pigmentada distinta a todas las demás, puede ser un melanoma.

En cuanto a los problemas que la radiación solar puede ocasionar en los ojos, se han de resaltar:

-Dolores oculares. Tras una exposición prolongada, pueden dolernos los ojos.

-Fotoqueratitis, fotoconjuntivitis o ceguera de la nieve, que conlleva una inflamación de la conjuntiva. Se produce en entornos de gran reflexión lumínica durante una exposición prolongada. Provocan la pérdida momentánea de visión, pero pueden resultar más graves, e incluso llegar a provocar ceguera permanente. Se destacan las conjuntivitis actínicas provocadas por un exceso de sol. También recibe el nombre de “surumpe”, acuñado en Perú, por las personas que atravesaban los Andes con nieve y sufrían inflamación de los ojos porque la radiación se encontraba poco filtrada por la atmósfera y la reflexión intensa en la nieve.

-Pterigion: consistente en un crecimiento anómalo de tejido sobre la cornea, el cual se inflama por una excesiva exposición solar. Si produce demasiadas molestias o crece demasiado, requiere cirugía.

-Pinguécula: se trata de un tumor común y benigno, no canceroso. Se observa como una lesión pequeña y amarillenta derivada de la conjuntiva. Presenta una fácil curación sin necesidad de operación.

-Cáncer de conjuntiva y de córnea y melanomas intraoculares.

-Degeneración macular: la exposición excesiva al sol constituye un factor de riesgo para contraer esta patología. Afecta a la mácula, que es la zona del ojo que permite ver con precisión. Representa la primera causa de ceguera en personas mayores de 65 años. No existen tratamientos curativos para esta enfermedad, sólo aquellos que ralentizan la progresión de la misma. No obstante, la medicina regenerativa, que repara y sustituye tejidos viejos o estropeados por otros nuevos y funcionales, resulta verdaderamente prometedora a la hora de solucionar este problema del ojo en un futuro más o menos próximo.

-Cataratas u opacidad del cristalino, de evolución muy lenta, se pierde progresivamente la vista hasta la ceguera total. Se produce cuando el cristalino pierde su transparencia, lo que perjudica la calidad de la visión. Existe un tratamiento quirúrgico efectivo, pero los más desfavorecidos social y económicamente no pueden permitírselo. El 48% de las cegueras del tercer mundo se producen por cataratas y se convierten en la primera causa.
Cómo protegernos de manera eficaz

La única medida efectiva para evitar estos males consiste en limitar la exposición al sol salvo a lo estrictamente saludable. Según los expertos, en condiciones normales (es decir, si no tomamos medicamentos que aumenten la sensibilidad ante el sol), de 10 a 15 minutos de exposición al sol cada día sin ningún tipo de protección, expuesto al menos el 40% de la piel, resulta suficiente para que la mayoría de personas con piel blanca alcance el nivel recomendado de vitamina D. Mucho mejor si estas exposiciones no son seguidas, sino a intervalos breves hasta sumar unos 15 minutos.

De hecho, se recomienda que las primeras exposiciones al sol sean breves y escalonadas para que la piel se acostumbre, preferentemente en movimiento y nunca más de 30 minutos. En una piel normal, se debe aumentar su exposición a 10 minutos cada día, desde el primer día en que no debe sobrepasar los 15 minutos y hemos de evitar las horas del mediodía. Pasados 10 días, la piel se encontrará más preparada para exponerse al sol. Conviene evitar productos con alcohol (colonias, desodorantes) aplicados sobre la piel cuando nos exponemos a la radiación para evitar reacciones de la piel.

Una norma básica es que durante el mediodía, de las 11 a las 17 horas, se recomienda no exponerse al sol porque constituye el periodo de mayor intensidad de radiación. Este consejo se debería subrayar para los tres primeros fototipos (a continuación sabremos más sobre los fototipos), en personas con afecciones de la piel o que han sufrido un melanoma en el pasado. En algunos sitios se habla de la “hora solar verdadera”, que es la que indicaría un reloj solar, y que, con respecto a la hora oficial, existe una diferencia de 2 horas de más de abril a octubre y una hora de más el resto del año. En resumen, siendo cautos, de las 11 a las 17 horas en nuestro reloj, no deberíamos exponernos demasiado tiempo al sol o, si lo hacemos, con toda la protección posible. A causa de dicho desfase del horario de verano en nuestro reloj con respecto del tiempo solar, en las costas mediterráneas el mediodía real, es decir, el momento de mayor intensidad solar, no se encuentra en las 12 horas, sino a las 14 horas. Según la localización geográfica, puede variar unos minutos ese momento de máxima intensidad cuando la radiación cae perpendicularmente, pero se adopta como referencia.

Sabemos que la melanina, producida por los melanocitos presentes en la epidermis, es un pigmento de color marrón que protege las células cutáneas y resulta variable su cantidad en las personas: cuanto más oscura la piel, más melanina y mayor protección, y cuanto más blanca, menos melanina y más vulnerable al sol. En consecuencia, conviene conocer cuál es nuestro fototipo o lo que es lo mismo, nuestro tipo de piel, su cantidad de melanina y su capacidad de resistencia al sol.

La clasificación más común se corresponde con la de Fitzpatrick del fototipo cutáneo en la que distinguimos seis fototipos:

-Fototipo I. Son personas con la piel muy blanca, de tipo céltico, casi albinos, con ojos azules y pecas. Son extrasensibles a la radiación solar, se queman fácilmente y no se broncean. No deberían exponerse al sol más de 10 minutos.

-Fototipo II. Piel clara, con ojos azules o claros y pelo rubio o pelirrojo. Son sensibles al sol, también se queman con facilidad y su bronceado es mínimo, con un ligero tono de café con leche. El límite recomendable de exposición es 15 minutos.

-Fototipo III. Piel blanca, tipo caucasiana, con ojos y pelo castaño. Las personas con este fototipo resisten más la radiación, se queman menos, y se broncean gradualmente. El límite de exposición alcanzaría los 30 minutos -Fototipo IV. Piel típicamente mediterránea, con ojos y pelo oscuros. Se quema mínimamente (con una exposición intensa y mantenida) y se broncea con facilidad.Este fototipo junto al anterior constituyen los más comunes de la sociedad española. Su límite llega a 45 minutos.

-Fototipo V. Piel morena, como la de indios, gitanos, sudamericanos. Raramente se quema, la radiación habría de ser muy intensa para que eso ocurriera y se broncea muy fácilmente.

-Fototipo VI. Piel negra. Nunca se queman al sol y siempre están bronceados. Su límite de exposición supera la hora sin quemarse.

A partir de averiguar nuestro fototipo, habremos de elegir el fotoprotector más eficaz, para lo que nos fijaremos en marcas de confianza y con experiencia en la fotoprotección que sigan la normativa establecida y acudiremos a farmacéuticos o dermatólogos para que nos aconsejen. La eficacia del fotoprotector frente a la radiación ultravioleta se mide con el Factor de Protección Solar (FPS). El factor de protección solar supone el índice de protección de un fotoprotector frente a la radiación y nos indica el tiempo que podemos pasar al sol sin quemarnos o sufrir enrojecimientos. Por ejemplo, si una persona cuyo fototipo sólo le permite aguantar frente al sol 10 minutos antes de quemarse se aplica un fotoprotector del 15, su periodo de exposición sin quemarse se elevará a 150 minutos. Se clasifican del siguiente modo:

-Del factor 6 al 14: protección ligera. Existen estudios que no le conceden apenas relevancia en la protección contra el cáncer de piel.

-Del factor 15 al 29: media.

-Del factor 30 al 59: fuerte.

-De más de 60, aunque en el envase figura 50+: muy fuerte.

La prudencia dice que es mejor usar protector solar +50 en todos los fototipos más sensibles, porque toda precaución es poca, ya que, insisto, el efecto acumulativo de la radiación sobre la piel resulta más peligroso que una quemadura puntual. Se ha demostrado que usar un fotoprotector durante los primeros 18 años de vida, permite reducir hasta un 78% el riesgo de cáncer de piel. El fotoprotector ha de ser resistente al agua (y ninguno resiste durante demasiado tiempo al sudor ni al mojarse, por lo que se piensa obligar a fabricantes para que indiquen cuánto tiempo permanece en la piel en estos casos) y utilizarse incluso en los días nublados. El fotoprotector ha de aplicarse sobre la piel seca 30 minutos antes de la exposición solar en una cantidad abundante (unos 2 mg/cm cuadrado). Se ha de aplicar de nuevo cada 30-60 minutos o antes tras sudar, bañarse o secarse. El fotoprotector debe cubrir todo el cuerpo (sin olvidar zonas difíciles como orejas, cuero cabelludo, entre los dedos…). De cualquier modo, los dermatólogos coinciden que, aunque es mejor que no llevar protector solar, en realidad, estos no protegen del todo ni se suelen esparcir adecuadamente por todo el cuerpo. Además, no olvidemos que se precisan fotoprotectores especiales para labios, nariz y contorno de ojos. Asimismo, conviene proteger el cabello mediante sprays, geles, champús y otros productos específicos que presentan una protección frente a rayos ultravioletas, de venta en farmacias y algunos supermercados.

Otro dato importante que hemos de conocer diariamente es el nivel o índice de radiación solar durante el día en cuestión, para lo cual podemos recurrir a diversas fuentes nacionales o locales, como la oficina de Observación de Radiación Ultravioleta de la Agencia Estatal de Meteorología. Asimismo, hemos de tener muy en cuenta todos los factores que incrementan la intensidad de radiación solar, como hemos dicho más arriba. El índice de radiación ultravioleta (UVI) puede ser de 0-1, con poco riesgo de quemaduras y no se necesita protección; 2-4, de radiación media, se presenta riesgo de quemaduras a los 30 minutos, especialmente para tipos de piel I y II; 5-7, con radiación alta, a los 20 minutos se da el riesgo de quemarse para cualquier fototipo; 8 o más, radiación muy alta, en menos de 20 minutos puede quemarse y se precisa protección solar.

Las prendas de vestir protegen más que los filtros solares. Por ello, se aconseja vestir ropa protectora, camisetas de manga larga y pantalones o faldas largas. Hemos de cubrir lo que podamos del cuerpo de la radiación y caminar por la sombra. Llevar sombrero con ala ancha para que proteja la mayor parte de cabeza y el cuello. Además, las prendas blancas reflejan las radiaciones, por el efecto albedo. Otro apunte: si a través de la tela se puede ver la luz, entonces la radiación ultravioleta también puede atravesarla. Es decir, la ropa, cuanto más gruesa o menos porosa, más protectora. Las fibras artificiales dejan pasar menos luz y algunas prendas de vestir ya incorporan protección de radiación, que se pueden adquirir en grandes superficies.O se puede aportar fotoprotección a través de detergentes que incorporan una capa de protección, disminuyendo la porosidad de la ropa y, por tanto, aumentando la protección de las partes cubiertas.

De todas formas, ante cualquier problema o anomalía que se detecte en la piel, se ha de acudir al dermatólogo en la mayor brevedad. Conviene cada año visitar al dermatólogo para una revisión general y preguntarle sobre cualquier sustancia que utilicemos (medicamentos fotosensibilizadores, como antibióticos, los antiinflamatorios y los diuréticos) que puede convertirnos en más sensibles ante el sol. Se han de evitar algunos perfumes, jabones, desodorantes, cosméticos y las colonias con alcohol y que contienen esencias vegetales, puesto que resultan fotosensibilizantes. El hipérico o hierba de San Juan también resulta fotosensibilizante. Asimismo, los expertos recomiendan dedicar al menos 5 minutos al mes en revisarnos, delante de un espejo, la piel y comprobar si observamos alguna anomalía que nos llame la atención y, en este caso, acudir al especialista. Los métodos ABCD y “Patito Feo” resultan los idóneos para detectar posibles cánceres de piel. Se ha de revisar toda la piel, incluso en el cuero cabelludo, axilas, planta de los pies, zona genital. Para ello podemos ayudarnos de espejos y fotos que nos faciliten evaluar modificaciones cutáneas. Para los ojos, la mejor protección se encuentra en unas buenas gafas de sol, que es una de esas cosas en las que no se ha de reparar en gastos. Se han de utilizar gafas de sol que absorban la radiación ultravioleta, que bloqueen el 99% de la radiación UVA y UV-B. Es un error peligroso creer que todas las gafas de sol protegen de la radiación ultravioleta. Si las gafas de sol no presentan un sistema que bloquee dicha radiación, en realidad lo que harán es filtrar la intensidad luminosa, generando una mayor dilatación de la pupila y, por tanto, vía libre para una mayor penetración de radiación ultravioleta en el ojo. Hemos de preocuparnos también por el mantenimiento y conservación de las gafas de sol para evitar un defecto en su misión de protección.

Cuando se compran unas gafas de sol, conviene fijarse en el etiquetado para que se adecuen a la legislación vigente, ya que se consideran como equipos de protección individual (EPI) según la normativa nacional (Real Decreto 1407/1992, modificado por R.D 159/95) que incorpora la Directiva Comunitaria 89/686/ CEE. Las gafas deben incorporar la marca “CE” en las propias gafas o en sus folletos informativos. Los niveles o categorías de filtro se sitúan del cero al cuatro (máximo) según el porcentaje de radiación filtrada. El filtro cero presenta una filtración muy suave y se aplica a interiores y cielo cubierto. El nivel uno conlleva una filtración suave con lentes ligeramente coloreadas y se aplica a luminosidad solar ligera. El nivel 2 posee una filtración intermedia con lentes medianamente coloreadas y se aconseja para una luminosidad solar media. El nivel 3 realiza una filtración considerable, con lentes oscuras y se recomienda para luminosidad solar fuerte. Del 1 al 3 no resultan válidas para la conducción nocturna, pero el nivel 4, el máximo filtro, no vale para la conducción en general, ya que posee el filtro más fuerte y lentes muy oscuras indicadas para una luminosidad solar muy fuerte. De cualquier modo, las personas con ojos claros tienen más probabilidad de tener problemas con la radiación, ya que presentan menos pigmentación y, en consecuencia, menos protección.

Además, se ha de destacar que existe la creencia errónea de que, bajo un cielo nublado o con niebla, una exposición prolongada no resulta dañina, pero en realidad sí que podemos quemarnos, ya que las nubes o la niebla sólo detiene los rayos infrarrojos (el sol apenas nos calienta) y deja pasar los rayos UVA y UVB del sol. Se sabe que entre el 70-80% de radiación ultravioleta atraviesa las nubes y llega a nosotros, además de que puede aumentar al reflejarse en las nubes una parte hacia abajo. También se ha de tener en cuenta que la radiación puede alcanzarnos indirectamente a través de la reflexión en algunas superficies en mayor o menor medida. Por tanto, en la montaña y en la nieve, también se han de extremar las precauciones. En la playa, ni introducirnos dentro del agua ni bajo una sombrilla resultan suficientes para protegernos, pues la arena refleja parte de la radiación y ésta puede penetrar más de un metro en el agua y alcanzarnos, además de que puede que no nos demos cuenta de que nos estamos quemando por el efecto calmante del agua.

Según un estudio de la Universitat de València, publicado en la revista “Photochemistry and Photobiolog”, a través de las sombrillas se filtra un 34% de la radiación ultravioleta, por lo que se recomienda añadir más medidas de protección incluso bajo una sombrilla. Asimismo, después de cada exposición resulta aconsejable darse una ducha con jabones suaves y que no contengan demasiados tensioactivos o perfumes. A continuación conviene hidratar y refrescar la piel con alguna crema, loción, gel, spray o aceite “after-sun” que lleve también antirradicales libres, en especial provitamina A o betacaroteno, lo cual  ayudará a la regeneración de la piel. Entre estos, podemos destacar el gel o aceite de aloe vera.

En cualquier caso, con un diagnóstico precoz, un tumor posee alta probabilidad de curación. El doctor confirmará mediante una biopsia si se trata de cáncer. La extirpación quirúrgica o extracción del cáncer es el método de eliminación más efectivo y aplicado, ya que la quimioterapia no resulta tan eficaz con el melanoma avanzado. Una de las más empleadas, la cirugía de Moh consiste en eliminar la piel afectada hasta que no haya rastro. El médico extraerá el cáncer con algunos de estos procedimientos: electrocoagulación y curetaje (se quema la lesión y se extrae con instrumento cortante); criocirugía (se congela con nitrógeno líquido y se elimina el tumor); cirugía micrográfica (se extrae el cáncer y la mínima cantidad posible de tejido normal); rayo láser (con un haz de luz se destruye el cáncer); extirpación simple, en que se extrae el cáncer junto con parte del tejido sano situado alrededor; electrodesecación (con corriente eléctrica se deshidrata el tumor).
Por otra parte, otras precauciones que podemos realizar por nuestra cuenta se encuentran en la alimentación y el equilibrio hídrico. Conviene mantener una buena hidratación bebiendo la suficiente agua y, de nuevo, la nutrición juega un papel importante para nuestra salud, en este caso, en la prevención del daño solar. Los suplementos orales enriquecidos con sustancias antioxidantes como polifenoles, betacarotenos, vitamina E o licopenos pueden ayudar, si se empiezan a tomar un mes o 15 días (depende de cada fabricante) antes de la exposición. Al respecto, Teresa Añón Marín, directora del Instituto de Medicina Avanzada de Valencia, afirma que una buena nutrición representa el 80% de la defensa del organismo frente a la agresión solar. Una alimentación rica en frutas y verduras donde abunden vitaminas, minerales, bioflavonoides, betacarotenos, retrasa la aparición de manchas y eccema provocados por la exposición solar y se previene el envejecimiento. Este tipo de dieta ha de iniciarse tres meses antes del verano para asegurar su efectividad, confirma Teresa Añón.

Los siguientes nutrientes, bebidas y alimentos previenen el daño que pueda causar la radiación solar:

1) Los carotenoides, entre ellos, destacan los betacarotenos, que se convconvierten dentro del organismo en vitamina A, estimulando la producción del pigmento melanina que protege del sol (producida por unas células llamadas melanocitos, los cuales bajo radiación excesiva se convierten en malignos provocando melanoma) y evita que se dañen los tejidos. Además, el betacaroteno es un carotenoide que previene la ceguera nocturna, sequedad ocular y la vista débil. La luteína y la zeaxantina, otros dos carotenoides, son también importantes para prevenir la degeneración macular, las cataratas y los procesos oxidativos de la retina y la mácula. Ambos se encuentran en guisantes, brécol, espinacas, arándanos, acelgas, en el huevo y en otras frutas. El carotenoide licopeno, un pigmento vegetal que da el color rojo al tomate y a la sandía, ayuda al buen estado de la piel, con estudios que indican que dicha sustancia funciona como un filtro solar y permite conservar la piel más joven. Cocinar el tomate con algo de aceite puede hacer que aumente la disponibilidad de licopeno. Para las plantas es un medio de protección.

2) Vitaminas del grupo B. Actúan en los procesos de renovación celular, y por tanto son esenciales para el buen estado de piel y mucosas y el cabello. Un estudio de la Universidad de Harvard (EE.UU.) publicado en “Archives of Internal Medicine” indican que el consumo adecuado de vitaminas B6 y B12, además de ácido fólico, permite prevenir y retrasar la aparición de la degeneración macular y las cataratas. Se encuentran en huevos, mariscos, pipas de girasol, frutas, verduras de hoja verde (acelgas, espinacas, coles), cereales, legumbres. Según un estudio de la Universidad de Sydney (Australia), la vitamina B3, presente en nueces, granos y cereales, resulta más efectiva en la prevención del cáncer de piel causado por los rayos ultravioletas que los propios protectores solares. Esto es así porque fortalece la inmunidad de las células ante la radiación ultravioleta, las UVB y UVA. Además, el déficit de la vitamina B2 o riboflavina genera sensibilidad a la luz.

3) Polifenoles, que se trata de un grupo de sustancias químicas contenidas en plantas y caracterizadas por la presencia de más de un grupo fenol por molécula. Uno de sus tipos son los flavonoides o bioflavonoides, que constituyen pigmentos vegetales con propiedades antioxidantes y anticancerosas. Son la respuesta de las plantas para protegerse de la radiación ultravioleta y que al ingerirlos, se trasladan al organismo humano: limones, uvas, ciruelas, albaricoques, trigo, cerezas, fresas, zarzamoras, frambuesas…Cabe resaltar a las antocianidinas que también ayudan a conservar la salud del ojo, benefician la microcirculación ocular y mejoran la agudeza visual. Asimismo, los antocianos protegen los vasos capilares de la retina. Están en cerezas, uvas negras, arándanos, moras. Los tés y sus componentes de polifenoles protegen de la radiación ultravioleta y mantienen la piel elástica y saludable. Resalta el té verde que es antioxidante, anticancerígeno y cardiótónico. Sus efectos antioxidantes protegen del cáncer de piel, previenen las cataratas y actúan contra la inflamación producida por la exposición a la radiación ultravioleta. Además, con un estudio, realizado “in vitro” en el laboratorio, por investigadores de la Universidad de Barcelona y el CSIC y publicado en “Journal of Agricultural and Food Chemistry”, se ha confirmado que los flavanoles (sustancias polifenólicas, un grupo particular de flavonoides) presentes en la uva pueden proteger de los daños en las células de la piel originadas por la radiación ultravioleta ya que inhiben la generación de las especies reactivas de oxígeno que perjudican a las células hasta llevarlas a la muerte celular.

4) Minerales. El cinc aumenta la inmunidad y es antioxidante y captador de radicales libres. Interviene en la renovación celular, y en consecuencia, en el buen estado de piel y mucosas. Además, previene las cataratas y es el oligoelemento más abundante en el ojo y produce efectos antioxidantes en el mismo. El cobre también participa en la síntesis de melanina, por lo que ayuda a prevenir el melanoma. El selenio destaca por sus propiedades antioxidantes que impide la oxidación celular, reduce la inflamación y previene el cáncer de piel, entre otros. El magnesio estimula el metabolismo celular y mantiene la piel hidratada. El calcio aumenta la resistencia cutánea a las agresiones. El azufre fomenta que se pigmente correctamente la piel. Otros oligoelementos, que se precisan para la piel y su regeneración serían el hierro, yodo y manganeso.

5) Los ácidos grasos insaturados, como el ácido oleico (de aguacates y del aceite de oliva), los ácidos grasos omega 3, abundantes en el pescado, frutos secos y germen de trigo, protegen frente al daño al ADN. Si abunda la grasa omega 6 y hay poca omega 3, se incrementa la producción de prostaglandinas, lo cual estimula el crecimiento del cáncer de piel. Por tanto, se recomienda evitar los aceites vegetales ricos en ácido linoleico, como el de maíz.

6) Limonelo, presente en naranjas, limas y limones, según la Universidad de Arizona, reduce la probabilidad de cáncer de piel.

7) La vitamina C o ácido ascórbico protege el cristalino de la oxidación y evita el desarrollo de cataratas y degeneración macular. Si se ingieren más de 300 mg al día, disminuye el riesgo de esta enfermedad de la vista en un 75%. Su acción antioxidante protege de los radicales libres generados por la exposición solar que oxidan y envejecen la piel y, en caso de quemaduras, acelera el proceso de curación. 8) La vitamina E previene las cataratas, impide la formación de radicales libres, protege de quemaduras y reduce la inflamación tras una exposición solar.

9) Taurina: aminoácido antioxidante que protege las células, incluidas las de la retina, de la radiación ultravioleta. Se encuentra presente en la carne, los huevos, productos lácteos, la leche materna y el pescado. Para los vegetarianos, resaltar que las legumbres tienen metionina y cisteína necesarias para sintetizar taurina.

10) Glutatión: antioxidante endógeno que ayuda a prevenir el cáncer y las cataratas, fortalece el sistema inmunológico y retrasa el envejecimiento. Los precursores del glutatión se encuentran en la cisteína, vitaminas C, selenio y ácido lipoico. Alimentos como calabaza, naranja, sandía, aguacate, espárragos, tomate, melocotón ayudan a aumentar la cantidad de glutatión en el organismo.

 

¿Quién se resiste a tomar el sol de mañana?

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