Ferran Cano (@ferrancano)

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ARTÍCULO REVISTA SOUL MAYO 2020

EL VODEVIL NOS SALVARÁ

En la cuenta atrás para ver la luz hay que agradecer a la ficción la gran labor social que está teniendo para resguardarnos de la cruda realidad. Me quedo encantado y satisfecho con un par de series protagonizadas por mujeres empoderadas, pero lo siento amigos, me veo obligado a aplazar mis sensaciones al respecto de estas maravillas streaming, porque estos días vivo deslumbrado por esa realidad que tan a menudo supera a la ficción. Hablando con propiedad me refiero a la realidad ficcionada, aquella en la que la esencia permanece verídica y ya el resto, resulta engullido por la maquinaria de un espectáculo que hoy más que nunca debe reivindicar el “must go on”…

Mediaset es experta en la materia desde hace tiempo. El histórico y profético “esta gente son gentuza” en boca de Chabeli fue el precursor de incontables grescas magníficamente lidiadas por mi amigo y maestro Ximo Rovira, que pronto se convirtieron en el decálogo de la cadena amiga, hasta hoy y sin fecha de caducidad a la vista.

Olvidando hastíos mediáticos del pasado telecinquero, esta vez siento la necesidad de decir alto que el tantas veces demonizado Sálvame desde que empezó esta crisis, durante cuatro horas diarias, ha salvado a mucha gente del aburrimiento y también del dolor crónico, invitando a un viaje mental lejos de la tragedia imperante.

Me quito el sombrero ante aquello popular con cero pretensiones intelectuales, porque ver a un señor doctor enseñando a Lydia Lozano cómo utilizar correctamente una mascarilla, es pedagogía que traspasa capas sociales y llega; que ver llorar a dos colaboradores faltos de léxico y gramática desde sus sillas en manos del público que decide quien se queda sin trabajo en el programa, es espectáculo, interrumpido por una eminencia en el estudio del sueño que aconseja a la millonaria audiencia como dejar de contar ovejas…

El populismo que desprende en sagrado directo es energía necesaria, cuando Jorge Javier condena la actitud egoísta de quien ocupa el Congreso, en esa bulla infinita cuyo único objetivo se reduce a intereses individuales dentro de sus clubs, para acto seguido aplaudir a las personas anónimas que son las que realmente tiran del carro en el drama de esta cuesta arriba.

Sucede después de ver a una señora saliendo en directo de la habitación del hospital, cogida de la mano de su enfermero de nombre Abdel, entre lágrimas y aplausos de las personas que le han ayudado en su lucha contra el bicho. El final de la historia es de los felices cuando se reencuentra con su marido, que también ha estado convaleciente en soledad. Imposible no llorar.

Pero la medicina definitiva contra el aburrimiento surgía cuando pensábamos que los balcones y Netflix ya no daban más de sí y entonces se coló una chica semidesnuda en medio del despotrique fachoso en un canal de youtube. Ha resultado ser el folletín definitivo con un guión que ya lo hubiese querido para ella Delia Fiallo cuando Cristal reinaba en las sobremesas españolas, dos décadas antes de la era Sálvame. El Merlosplace no podía llegar en mejor momento: Un apuesto periodista muy a la derecha y sus infidelidades y conquistas a rostros televisivos durante el estado de alarma. Las tramas y personajes secundarios no restaban pasión al asunto con la aparición estelar de terceras, cuartas, quintas… en discordia y detalles del presente y pasado que enriquecen y satisfacen los ojos mirilla, desde los planos de la casoplón del Don Juan antibolchevique, hasta un río de whatssapps de amor, promesas y reproches. Si un perfume tuviese que regar esta obra sería la ochentera Farala, tan barata como intensa. Si un director la llevase a la pantalla sería Buñuel y si un autor la firmase de puño y letra no podría ser otro que Valle-Inclán, en una obra maestra del esperpento convertido en absoluto esparcimiento. En este mundo tan tocado y cambiante no deja de ser fascinante ver la capacidad de unos cuernos confinados para alegrar la vida a ritmo de vodevil, casi casi servicio público.


ARTÍCULO REVISTA SOUL ABRIL 2020

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LA GRAN EVASIÓN CONFINADA

Y de repente confinar se vuelve en maldita y necesaria tendencia verbal universal, con la que parar de golpe nuestras vidas, sin quererlo ni esperarlo. El contacto humano se ha convertido en el valor con más alza en este mundo paralizado y en cuenta atrás para despertar de nuevo. El reencuentro con nuestra gente, con la otra gente y con la luz natural promete ser apoteósico, mientras, la luz con la que nos tenemos que conformar es la de la pantalla, con todas sus pulgadas, imprescindible ventana a la gran evasión. Seguramente desde vuestras guaridas habéis pegado muchas mas vueltas a Netflix que a vuestra manzana bolsa de basura o perro en mano, si sois así de afortunados. En la parte positiva el encierro también regala alegrías en forma de entretenimiento con el que contrarrestar la crudeza informativa, un bálsamo entre tanto sufrimiento. Con esta lista la espera se me ha hecho más corta:

En Netflix las series ligeras y autóctonas mandan. “Toy Boy”, “Élite” y el estreno de lo nuevo de “La Casa de papel” encabezan con rotundidad las horas de pasatiempo con una buena factura, protagonistas de buen ver y poco margen para la reflexión. Y además todas tienen algo en común, nacieron en Atresmedia con discretos niveles de audiencia y llegaron al gigante global en una acogida de masas a nivel internacional que hace difícil que sus protagonistas paseen por la calle, da igual el punto del globo. En la misma línea el largometraje “El Hoyo” a penas recibió espectadores cuando los cines estaban abiertos y en Estados Unidos se ha convertido en número uno con todos los millones de ojos receptores que ello supone. Un mundo distópico y bastante gore en el que los unos machacan a los otros, en una especie de prisión donde los de arriba comen mucho y los de abajo mueren de hambre. Un norte y sur de toda la vida pero llevada al extremo y no apta para ver mientras se ingieren alimentos.

La crítica social también está muy presente en “Hogar”, un thriller en el que la pérdida del éxito material en la vida provoca trastornos con consecuencias que obviamente no os voy a contar pero que seguro os tensarán a través de ese grande que es Javier Gutierrez y su víctima, Mario Casas, el hombre con más trabajo en el también paralizado cine español.

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En HBO busco y no encuentro mucha cosa. La tercera temporada de Westworld es calidad de la buena si seguisteis las dos primeras. La serie El Visitante destaca con el aval de ser una buena adaptación de una novela de Stephen King (No todas llegan con dignidad del papel a la pantalla) y de una atmósfera sobrenatural en la vida rural norteamericana. Aunque cojea un poco en el ecuador vale la pena llegar al final de esta historia de asesinatos sin explicación racional de quién los comete.

De Prime me quedo sin duda con la historia de venganza que se perpetúa en la América de los 70. La persecución nazis y judíos en una caza muy pop, sangrienta, divertida y exuberante de entretenimiento y reparto, porque ver el capitán Al Pacino siempre es un placer.

No puedo despedir estos consejos para el esparcimiento casero sin destacar la penúltima en llegar (El aterrizaje de Disney plus en plena crisis está haciendo mucho por los papis y los peques de la casa…). Apple Tv plus tiene muy poco catálogo pero rebosante de calidad. Pendiente tengo “See” y “Para toda la humanidad”, pero todavía ando emocionado después de ver “Servant” lo último de M. Night Shyamalan, hombre imprescindible de terror presente. Cuenta la historia de un matrimonio con una paternidad tan inquietante como la niñera que llega a su casa y que te mantiene en vilo sin pestañear, inmersos en una atmósfera en la que en todo momento eres consciente que nada bueno puede pasar…

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Y como profesional de la televisión que soy no puedo más que amar la ficción joya de la manzana, “The Morning Show” con un retrato genial del periodismo televisado matinal y unas brillantes Jennifer Aniston y Reese Witherspoon condenadas a entenderse y a lucirse por el bien de una audiencia que ha cambiado sus preferencias y su forma de consumir. Lo viejo y lo nuevo hecho supervivencia periodística en una de las mejores series de la temporada que dan por más que amortizados los cinco euros mensuales que cuesta la suscripción.

Esta es mi gran evasión confinada a la que agradezco, porque nunca el entretenimiento ha tenido más sentido que en estas semanas de oscuridad. A seguir con la luz catódica que la otra nos espera a la vuelta de la esquina y seguro que será la más especial que hemos sentido en unas vidas que ya no serán iguales, seguro que más ricas. Fuerza, ánimo y hasta el próximo post que vendrá cargado de bendita libertad.


ARTÍCULO REVISTA SOUL MARZO 2020

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ESTRELLAS DE OTRA ÉPOCA

Quién ame la televisión entenderá la afición que acostumbro a practicar cuando despido el día y nos quedamos solos en la cama, mi pantalla táctil y yo. Es un buen momento para bucear por el pasado adentrándose en esa maravilla que es el archivo de RTVE, que vive en su web con miles de horas de programas analógicos, en blanco y negro o color, digitalizados, para gusto de los amantes de la nostalgia, y privilegio para los que nunca vivieron con tan sólo cuatro canales. Eran pocos, pero muy mal avenidos y la competencia resultaba feroz entre la 1, la 3 y la 5, en una espiral casi bélica en la que el objetivo consistía en destronar al adversario, a base del entonces alegal juego de la contraprogramación que tanto afeaba el trabajo de aquellas revistas como el TP, que guiaban al espectador por las parrillas de la programación generalista.

Los 90 eran un campo de batalla en la que las que los presentadores fueron verdaderas estrellas y fichas de un tablero, en el que los directivos jugaban el jaque mate al contrincante, fichando a sus piezas a base de contratos millonarios, en exclusiva, de los cuales hoy sólo podrían presumir tantos presentadores como dedos hay en una mano. Antena 3 le robaba las estrellas a la Telecinco de las mamachicho y a golpe de talón cruzaron de cadena, entre otros, Emilio Aragón, Jesús Puente, Concha Velasco o Carmen Sevilla, todos ellos auténticos semidioses para el público español en una era prereality, en la que los que salían en la tele normalmente tenían una profesión que justificaba su presencia en pantalla.

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Uno de los astros que acabó moviéndose de la pública a la Telecinco italiana recién llegada, fue la inmensa e irrepetible Rafaela Carrá, aunque lo su vínculo con la cadena que por entonces dirigía Maurizio Carlotti duró menos que un capítulo de Paquita Salas. Antes del salto, donde realmente triunfó fue en ¡Hola Rafaela! Ella, su español italianizado y su melena rubia platino enamoraron este país con un espectáculo hecho a su medida, en el que reunía a millones de espectadores desde los hoy derruidos estudios Buñuel, los mismos que fueron testigos de toda la magia del Un dos, tres… Un escenario inmenso lleno de bailarines y artistas en el que el alma era la italiana y tres sofás en los que se sentaban los famosos de la época, muchos hoy susceptibles de convertirse en cameos de Paquita Salas si es que no han aparecido ya.

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Había un hipnotizador del que todo el mundo hablaba al día siguiente, estaba Loles León pizpireta y picante que copresentaba con Marianico el corto, había humor del pasado, también entrevistas, concursos sencillos y mucho espectáculo, hoy difícilmente posible, en consonancia con la España de antaño en la que la cosificación y el machismo se vivía con lo que hoy sería una espantosa naturalidad. La tele ha evolucionado, que no avanzado, en muchos aspectos, los presupuestos de los programas no son los mismos, como tampoco lo son los gustos, la sociedad y los abultados talonarios. Eso sí, las curvas hoy siguen mandando, pero las de una audiencia cambiante aunque siempre soberana.


ARTÍCULO REVISTA SOUL FERERO 2020

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INGENIO PARA BAJITOS 

Los habitantes más bajos de la casa suelen ser los dueños del mando, es una paciente realidad, poco didáctica pero salvavidas cuando aparece el llanto y la queja persistente, porque a veces vale la pena mando en mano menuda que ríos de llanto e incordio. La responsabilidad consiste en sentarse al lado de la mente todavía no formada y compartir el programa para evitar el aislamiento social que supone vivir el tiempo libre mirando una pantalla. Y comparto el sofá en un momento tío viendo la tele con su sobrino, y me quedo ojiplático al ver como un mapache y a un pájaro reflexionan sobre la soledad o la muerte, sucede en la serie Historias corrientes, rodeados de seres con formas extrañas como que rozan lo siniestro.

Que no es que me asusten los guiones que no tratan al niño de bobo, porque aquí uno creció escuchando a una bruja avería que clamaba aquello de viva el mal, viva el capital entre mensajes en contra de la OTAN.

Los domingos por la tarde ochenteros devoraba los Fraggel rock que a su vez se zampaban las construcciones de unos pequeños seres verdes llamados curris, cuya existencia sólo servía para alimentar a los protas, en toda una inocente lección del sometimiento de la lucha de clases. Y cuantas pesadillas nos hubiéramos ahorrado si por entonces no existiera David Bowie marcando paquete enfundado en unas mallas ajustadas y un pelazo imposible; secuestraba a niños en pijama y perseguía a una Jennifer Conelly adolescente en Dentro del laberinto, una oscura película de culto, obra maestra de Jim Henson, infravalorada por muchos debido a su condición de película infantil. Hoy la recuerdo con cariño, tan entretenida como perturbadora, porque lo del baile de máscaras entre criaturas extrañas y bajo los efectos de la droga en una parte final que define la maravillosa libertad creativa sin límites de aquellos excesivos ochenta.

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A mediados de esa década grababa mis primeros recuerdos televisivos con un programa que empezaba y acababa con una cósmica y depresiva versión del Arabesque de Debussy, interpretada por el japonés Isao Tomita. Era un Planeta Imaginario en el que a los de la EGB nos intentaban atraer a nuestras pequeñas mentes hacia el mundo de las letras, aunque para ello tuviéramos que masticar el sándwich de foie gras mientras veíamos cabezas inmensas que eran enchufes, bombillas o relojes gigantes, comportándose de una forma tan extraña como difícil de comprender. Supera eso Historias Corrientes.

Y años más tardes vino lo peor y dejaron de tratarnos de una forma inteligente. Demasiado bien estamos los de mi generación, la que vivía los últimos coletazos de inocencia infantil antes de la adolescencia, viendo a la misma mujer que hoy canta la Salchipapa, gritar “A medio día alegría y con palotes mejor todavía”, ataviada con pantalones de ciclista, corpiño pequeño y una gorra de cuero repleta de pins que eran las chapas de los 90.

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Sí, visto en perspectiva todo era muy fuerte, demasiado tal vez, si lo comparamos con los clásicos de antaño, en ese mundo donde lo más excéntrico eran un perro.pato o ratones parlantes. Historias demasiado corrientes, pienso, mientras continúo viendo la tele con mi sobrino y qué bien porque ahora se asoma quien vive en una piña debajo del mar…


ARTÍCULO REVISTA SOUL ENERO 2020

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ROMPER

Mi más sincera enhorabuena a todo aquel que haya logrado sobrevivir a la temporada alta del exceso. Los cascabeles de Claus y compañía resuenan allá a lo lejos, ya casi llegando al norte, donde el hombre bueno del saco se reunirá con su señora con la que creo lleva años en una relación no sé hasta qué punto desgastada. Por aquí sólo queda esperar a los monarcas orientales, recoger los watios y reciclar tanto envoltorio de buenos deseos, para apretar el cinturón y subir la cuesta hasta que llegue febrero, mes que cunde más porque es más corto. La resaca puede que sea más llevadera con algunas películas streaming, que llegaron con la despedida del año y que serán recordadas por marcar el cambio definitivo en el consumo del entretenimiento contemporáneo. No matarán a la taquillera del cine tal como el vídeo lo hizo con la estrella de la radio, pero le dejarán sin un buen puñado de entradas por romper.

Después de tanto contacto humano navideño, los habrán cansados de su compañero de viaje, ya se sabe aquello de las vacaciones cuando algo no funciona, que cuanto más tiempo juntos menos paciencia y claro, después vienen las rupturas. Si ese es vuestro caso mejor no veáis la joya del momento en Netflix, con permiso de “El Irlandés”. “Historia de un matrimonio” es la vida de tantas parejas que sienten el dolor del proceso de finalización de una relación sentimental. Scarlet Johansson se sale, como de costumbre, interpretando a una actriz cansada de su vida junto a un hombre que a pesar de ser maravilloso no le permite evolucionar en ese camino vital, tan necesario para crecer en lo individual y que acompaña el río de lágrimas que provoca dejar al compañero en el camino.

Un intensísimo no eres tú sino yo, o tal vez los dos, ese que provoca un desasosiego en el paso a paso del ocaso sentimental, narrado con una precisión y naturalidad que seguro, cuando llegue la primavera, se verá recompensada con estatuillas a cascoporro.

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Y de entre todas las escenas que transcurren hacia el adiós, una que se convertirá, intuyo, en leyenda y en la preferida de todos aquellos futuros actores y actrices que quieran lucirse en el examen final de cualquier escuela de arte dramático. Scarlet y Adam Driver cara a cara, en una habitación, diciendo todo lo que se tenían que decir, vomitando sentimientos, viejos rencores, despechos y toda la toxicidad que una pareja puede acumular hasta llegado el momento de decidir ya no puedo más. Pero antes del drama que tan bien se cuenta, existe la felicidad, los buenos momentos de la cotidianidad y la complicidad que se pierde como el buen sexo pasional, antes de derivar en una rutina, que cuando asfixia, determina el volantazo para cambiar de vía con dirección hacia la felicidad.

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ARTÍCULO REVISTA SOUL DICIEMBRE 2019

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POLÍTICA DE FICCIÓN

Hace tiempo que durante mis primeros minutos del día despierto decidí escuchar música. Dejé de conectar con el universo tertulia porque los mantras acoso y derribo contra el contrincante político no me hacían bien, demasiada energía negativa en mi pantalla provocada por el perpetuo panorama electoral en el que vivimos.

Parecía imposible pero nuestros dirigentes y aspirantes a dirigir lo han conseguido: cuatro elecciones en seis meses, triste récord para poner a prueba la paciencia del votante, y espectador. Un castigo continúo en el que elegir color, rompiendo tantos descansos dominicales con visitas al colegio electoral o a Correos en su defecto. Si sólo fuese eso… La gota en forma de candidato, portavoz o tertuliano sabelotodo y nada, es la que colma el vaso de la paciencia. Suenan a través de un discurso cual disco rayado, polarizado, maniqueo, más próximo a un sainete de serie B y difícilmente peor interpretado.

Lo de actuar mejor las dejamos a los actores y actrices de verdad, me resultan más creíbles que una visita propagandística al Hormiguero, al programa de AR o una manida intervención en un directo de la Sexta.

Menos mal que The Politician ha llegado a nuestras vidas en el momento adecuado. Netflix no podía estrenar de mejor forma y en mejor momento, su relación contractual con Ryan Murphy, gurú de la ficción actual (American Horror Story, Glee, Pose…)

La ambición sin límites de unos jóvenes en el instituto para representar a sus compañeros, bien explica los entresijos de la denostada profesión política en la que justos pagan por pecadores, como el carismático protagonista Payton (Ben Platt). El chico, suena a realidad como tantos de su especie, no es buena persona, aunque a veces utilice su carrera para intentar hacer el bien. Y en su fin de lograr el trono de la Casa Blanca, su máxima no podía ser otra que la de Maquiavelo, con unos medios tan habituales como difíciles de justificar. El pequeño político no puede estar mejor rodeado: Una madre que es Gwyneth Paltrow y una estrecha relación con tintes de Edipo, no tan intensa como la que tiene con su chica, y su chico, porque esa ficción no sólo habla del ansia temprana de poder, también de diversidad sexual. La carencia de escrúpulos resulta tan corrosiva como divertida y se podría resumir en la utilización del cáncer juvenil como forma de ganar votos o sacar provecho para una mejor vida. Es en este punto donde una vez más resulta un auténtico gustazo ver en acción a Jessica Lange (imprescindible en las ficciones de Murphy) en el papel de tía y ciudadana maligna, tan aprovechada como los que aspiran al poder.

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No es por hacer spoilers, pero la serie también muestra las bondades de engañar, y si es cierto aquello de que la ficción siempre es superada por la realidad, hay esperanza y segunda temporada, seguro.


ARTÍCULO REVISTA SOUL NOVIEMBRE 2019

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EL HOMBRE DEL SACO 

Lo recuerdo desde que tengo uso de razón, siempre ha estado ahí, alimentando el desasosiego en la oscuridad de la mente. Es el que magnifica sensaciones e inventa amenazas invisibles que visten pesadillas cuando nada se ve. Sus terrores nocturnos se quedan pegados en la mente, y en las sábanas, revueltas después de pegar tantas vueltas, entrelazadas con momentos de inmovilidad con los que calmar a la bestia inexistente. Como si estar estáticos y encogidos, con la cabeza sudada debajo de la almohada para no escuchar más que nuestra respiración acelerada, nos protegiese de ese mal que existe, aunque muy, muy lejos de la vieja cama de cuerpo y medio.

El hombre del saco siempre ha estado ahí, tantas veces en boca de los adultos, cual amenaza muy poco pedagógica. En las noticias, todos los días de la vida. En forma de suceso protagonizado por villanos de carne y hueso, presentados en una foto de búsqueda que los hace más malvados todavía, o esposados, en movimiento a la entrada de la habitación de la justicia. Depravados que hacen el mal sin piedad a víctimas inocentes, despojadas de sus vidas por imprevisto, ante la posterior conmoción de un espectador ajeno a la desgracia y que la hace suya. Estos malignos han nutrido nuestra imaginación y la de tantos guionistas que los trasladan a los altares de la ficción, para inmortalizarlos y convertirlos en el entretenimiento del sobresalto y la inquietud. Hannibal, Norman, Jason, Alex, Jean Baptiste… La lista es tan larga que sería imposible contabilizar los litros de jarabe de maíz derramados por el séptimo arte entre chillidos y claquetas.

Crecí atemorizado con todos ellos, quién no, hasta que les cogí el gusto y decidí convertir el miedo en diversión. Gracias al VHS pude nutrir esta temprana afición. En el extinguido videoclub el carné sólo servía para entrar en la zona restringida del placer X, con todas esas carátulas prohibidas, porque el sexo en la ficción siempre ha estado peor visto que la violencia.

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Una Matanza de Texas entre amigos, llevaba a una Pesadilla en Elm Street y en medio, mucha serie B fácil de olvidar, que las exquisiteces aparecen con la madurez, cuando decides que El Exorcista por culto y derecho, es tu película favorita de terror. En la pre y adolescencia lo que importa es la cantidad y las secuelas se devoran sin miramientos. Así empecé a empapelar las paredes de mi habitación con pósters de Freddy Kruegger, para extrañeza de mi madre. A ella le quitaba las pinzas metálicas del pelo para fabricar el guante de mi cara pizza adorado y así asustar a mi hermano miedoso, perseguido por un Robert Englund de metro y medio. Y después los 90, los 2000 y un no parar del sobresaltos a ritmo de Carpenter, Wes Craven, mucho slasher, historias venidas de Japón para no dormir y algo de gore… Subirse a una cinta de terror es como hacerlo en una montaña rusa extrema. Sabes que nada te va pasar y mientras sufres fuertes sacudidas de vértigo, gozas viendo venir a ese hombre del saco, siempre dispuesto a sembrar el mal para hacértelo pasar bien.


ARTÍCULO REVISTA SOUL OCTUBRE 2019

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EL DESENCANTO DE LA FAMA TEMPRANA

Dedo arriba, dedo abajo, ando deslizándome por mi pantalla de seis pulgadas descubriendo que pasa en el exterior global. Si ejercitase mis bíceps con la misma intensidad que mi índice, mis mangas veraniegas que ya aguardan el otoño estarían rotas, como la vida de la que un día fue la princesa del pop. Detengo mi falange en los chismorreos que hablan del malestar psíquico de Britney Spears. Está demostrado, el exceso de fama perjudica seriamente la salud de cualquiera, pero más aún cuando la consciencia todavía no es plena.

Los focos no son un buen hábitat para los niños, el archivo histórico está lleno de pequeñas almas desdichadas devoradas por la industria: Judy Garland, Michael Jackson, Joselito, Marisol… Si alguna vez os ha hecho ilusión rentabilizar la gracia y salero de alguno de vuestros hijo o hija, llevadlo a contar un chiste al programa de Juan y Medio o mejor cortad por lo sano y evitad así un futuro descarrilamiento cuando acaben la pubertad. Salvo en honrosas excepciones de tipo Ana Belén, ser un niño prodigio perjudica seriamente la salud, sobre todo la mental.

El documental de Netflix sobre Parchís es un buen ejemplo de lo contraproducente que puede llegar a ser empezar a cotizar antes de los 16, cuando el trabajo es devorado por millones de ojos y la codicia de la industria discográfica. El documental del fenómeno infantil de los 80 indaga en la creación, desarrollo y destrucción del grupo infantil que lo reventó. Ellos mismos nos lo cuentan en una sucesión de confesiones y vivencias contadas desde la distancia y el pseudo anonimato. Los 106 minutos de entrevistas regadas con imágenes del pasado no descubren mucho, es fácil deducir el resultado negativo de la ecuación estrella infantil, ejecutivo con corbata, muchos dólares y fans en masa. Muchos villanos alrededor de cinco chavales y el peor enemigo en casa, porque unos padres despreocupados y cegados por el éxito de sus retoños resulta fatal, cuando un crecimiento adecuado es sacrificado por un puñado de cheques. El morbo entra en escena cuando los testimonios hacen referencia al despertar sexual de los peques el inquietante testimonio de madres de pequeños seguidores acosando a la ficha roja.

La cinta dirigida por Daniel Arasanz, no la veremos compitiendo en ningún festival, pero seguro que anima a echar la vista atrás en el Spotify si amas la nostalgia ochentera y vives pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Ya os digo en plan spoiler que al final Parchís se ve las caras con sus patas de gallo, 33 años después del estrellato, el problema es que el documental no aprovecha este momento y saca los títulos de crédito cuando empieza lo mejor. Se echa de menos las batallitas del reencuentro de esas cabecitas que demasiado bien están, ya adultas, después de lo vivido. Ya lo decía Jordy ese bebé cantante francés, one hit wonder de 1993, Dur dur d’être bébé, en el escenario…


ARTÍCULO REVISTA SOUL SEPTIEMBRE 2019

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EL MEJOR GUION LO ESCRIBE LA VIDA MISMA

EL MEJOR GUION LO ESCRIBE LA VIDA MISMA. ESTÁ DEMOSTRADO QUE LAS MEJORES HISTORIAS OCURREN PORQUE EL DESTINO ASÍ LO QUIERE, TAN CAPRICHOSO Y A VECES SOBRECOGEDOR QUE SUPERA LA MEJOR IDEA DE UN GRAN ESCRITOR. EL HORROR ESTÁ DE MODA, NUNCA HA DEJADO DE ESTARLO SÓLO QUE CON EL PASO DEL TIEMPO LAS FATALIDADES DEL PASADO ACABAN CONVIRTIÉNDOSE EN ÉXITOS DE LA PANTALLA DEL PRESENTE. VISTOS LOS SUCESIVOS ESTRENOS RECIENTES, PARECE QUE EN LA HEMEROTECA HABITA UN SINFÍN DE RÍOS DE SANGRE QUE VUELVEN A SALIR A LA LUZ EN FORMATO FICCIÓN, PARA CURIOSIDAD DEL ESPECTADOR.

La tendencia televisiva del momento es el infalible basado en hechos reales. Recordar sucesos escabrosos y convertirlos en serie, documental o película se ha convertido en una especialidad para Netflix. Hace dos años se estrenaba Amanda Knox, un documental alimentado de testimonios acerca de la joven absuelta en dos ocasiones del homicidio de su compañera de piso Erasmus en Perugia (Italia). Todavía recuerdo los escalofríos que sentí al sacar mis propias conclusiones después de verla.

Más tarde llegaron La Desaparición de Madeleine McCann, I am a killer, Dirty Jhon, Mindhunter y un etcétera de productos adictivos con los que introducirse en la inquietante mente de un asesino…

El último hit al respecto es “Extremadamente Cruel, Malvado y Perverso” o cómo conocer la piel de cordero de Ted Bundy, el criminal americano que quitó la vida a 30 mujeres y que consumió la de su pareja incrédula a base de mentiras. La veo con más ganas, después de devorar la estremecedora serie documental que destripa el caso a través de las cintas de audio de uno de los psicópatas más cínicos de la historia reciente.Me declaro amante del thriller y terror, del pasarlo bien pasándolo mal. Qué tendrán los asesinos en serie que tanto nos fascinan. Los villanos de la realidad, seguidos como estrellas del matar, por el público en masa que consume sus atrocidades con ese morbo en el fondo de no poder evitar pensar que a cualquiera le podría pasar… Porque no es la misma pesadilla la protagonizada por mi adorado Freddy Krueger que por quien fulminó vidas de verdad como el malo de Ted…

Con el paso de los años el drama de la realidad, en perspectiva, parece que se digiere mejor y resulta más políticamente correcto que en el directo del suceso, exprimido por el género periodístico depredador del sufrimiento en el nombre de la actualidad. La máximo expresión del suceso patrio de antaño es, sin duda, El Caso Alcàsser y no puedo esperar más al estreno de su serie el 14 de junio, en Netflix, llega más sangre del pasado.


ARTÍCULO REVISTA SOUL AGOSTO 2019

MÁS APOCALIPSIS

Disculpadme si en estas lineas seriéfilas de primavera no oso a hablar del fenómeno global GOT en su último suspiro. No es que vaya de alternativo por la vida streaming, simplemente es que nunca me enganché y de verdad que lo he intentado, tres veces concretamente pero no hubo manera, antes de finalizar la primera temporada perdía el interés, no será ella, seré yo…

Vivir ajeno a Juego de Tronos conlleva soportar frecuentemente un ¿Cómo puede ser que no la hayas visto todavía…? con el que hacerte sentir de otro planeta, un efecto secundario de cuando sales del rebaño de adictos al drama más popular de la última década.

El género humano es así, donde encontramos a los de nuestra especie allá que vamos. ¿Cuántas veces hemos pasado por un restaurante o comercio y nos ha invitado a entrar ver que haya vida dentro? Con las series pasa igual, el boca a boca es la prescripción para el consumo global, y si viene precedido del imperativo “tienes que verla” las opciones de consumo se disparan.

Caminamos en masa, tantas veces alienados, en la misma dirección pero sin rumbo, por inercia, como los zombis que acechan en Black Summer, mi ultima adicción. Me la recomienda Netflix a través de este extraño algoritmo que cree conocerme, aunque a veces me desconcierta cuando me sugiere culebrones que jamás digeriría en mi sano juicio. Black Summer acaba de aterrizar, es la precuela de Z Nation a la que nunca logré engancharme por ese tono de comedia que irrumpe en medio del horror.

En esta primera temporada (vaticino que habrá segunda) sólo hay drama y terror. Todo empieza en el minuto cero de un apocalipsis zombi, a partir de aquí los ingredientes necesarios para entretenerme: Un virus que se expande y un puñado de supervivientes que huyen de una muchedumbre infectada, rabiosa que corre cual pollo sin cabeza hacia carne limpia que le sirva de aperitivo. Las dianas humanas, como suele pasar en estos casos, son tan heterogéneas como iguales ante el peligro que acecha. Una madre coraje en búsqueda de su vástago hace las veces de protagonista, le acompañan en el camino hacia los seres queridos un abanico de personalidades distintas, unidas por la amenaza de la cólera de los no muertos. El pánico sucede donde antes había confort del primer mundo: Un coche, un supermercado, un colegio o cualquier techo en el que andar con cuatro ojos para no ser devorado.

A priori puede sonar a Walking Dead y sí, suena, pero salvando las diferencias porque el ritmo del “verano negro” me resulta más veloz y disfruto de la acción sin mucho tiempo muerto y alargamientos innecesarios. Antes de Walking Dead ya leía las historietas de su creador, Robert Kirkman y para que os hagáis una idea, en toda la primera temporada televisiva no llegan ni a reproducir todo lo que pasa en un ejemplar del cómic. Demasiado lento, tanto como los zombis originales de movimientos torpes con los que George Romero creaba en 1968 un género que hacía caminar a los muertos resucitados, que hoy son de culto y también mi debilidad. Me quedo con la ira ágil, al estilo Danny Boyle en 28 días después en los que la furia de la epidemia acosa al sobreviviente, perfil de la masa atacante que hereda Black Summer.


ARTÍCULO REVISTA SOUL JULIO 2019

TODO Y NADA

Tenerlo todo y a la vez nada, es el sentimiento de frustración que a veces me invade cuando me enfrento cara a cara a mi pequeña pantalla de 43 “. El que debería ser el mejor momento del día, no lo acaba de ser cuando enciendo mi playstation y doy tantas vueltas al mando sobre las aplicaciones de HBO, Prime y Netflx. La indecisión se apodera de mí hasta que un impulso me obliga finiquitar la situación, entro en Netflix. Navego por un mar de géneros y un extraño algoritmo de recomendaciones personalizadas, animado por la cantidad de producto que habita dentro, extenso, aunque ya se sabe aquello de la cantidad y la calidad… Al final, el camino hacia un buen rato de esparcimiento, se convierte en la búsqueda de una aguja en un pajar donde lo selecto se esconde entre una morralla con la que parece difícil hacer buen caldo audiovisual.

Me pierdo entre pelis taquilleras vistas hasta la saciedad, series B, vampiros, licántropos, bellezas sin contenido, culebrones y ciencia ficción de bajo presupuesto. Todo lo cotejo en esas webs en las que espectadores opinan, ellos me invitan a descartar cuando el producto no pasa del aprobado, y pasa mucho.

Algunos hablan del fast food del entretenimiento. Más de 3.000 títulos dentro de la gigante N roja son los responsables de un nuevo mal psicológico del primer mundo, un drama del siglo XXI: la ansiedad de no saber qué entre tanto. Cuanto más tenemos más queremos y cuando vivo ese debate interno de elegir que ver, pienso en esos noventa del pasado, en los que la oferta se resumía a seis canales en abierto, por entonces el zapping era coser y cantar, y a pesar de tanto anuncio con poco uno quedaba satisfecho.

Existe una forma de medir las ganas de consumir una cinta, es ese pagaría por ir a verla al cine… Sólo que lo del cine ya no resulta tan obvio por mucho que le moleste a ese festival de Cannes y su relación imposible con Netflix.

En la parte positiva, la tarifa plana incluye algunas películas por las que el que os escribe pagaría con agrado entrada y palomitas: La aterradora y asfixiante  “A ciegas” con Sandra Bullock; la acción de la buena, en forma y contenido de “Triple Frontera” con Ben Affleck; la maravillosa balada de Buster Scruggs de los hermanos Cohen; la delicia hecha arte en movimiento en la “Roma” de Alfonso Cuaron o dentro de poco y hay tantas ganas como expectación, “The Irishman” de Martin Scorsese, con Robert de Niro y Al Pacino. Todo leyendas… Cintas de alta calidad, presupuesto y con nombres propios del firmamento del celuloide. Una abultada chequera para sacar pecho cinematográfico, hacer olvidar las quincalla y de paso, cambiar las reglas del juego como la radio ya hizo con la prensa, y a su vez después la tele o internet. Pasado los años nadie ha muerto, todo evoluciona, todos conviven, que entre el CD y Spotify, el taxi y el VTC o el blanco y el negro siempre hay grises. Feliz elección nocturna audiovisual…


ARTÍCULO REVISTA SOUL JUNIO 2019

Ferran Cano

CUALQUIER TIEMPO PASADO

Idealizamos lo que fuimos y lo que un día vivimos, es un signo de mi generación, la que empezó a caminar en los 80, al mismo paso que lo hacía la democracia. Los que la pusieron en marcha ya son viejos, nosotros nos encontramos en la mitad del camino, y a nuestras espaldas, miles de instantáneas visuales que alimentan nuestra necesidad de nostalgia.

Echar la vista atrás nos reconforta, tal vez porque nos sentimos seguros pensando que nada malo, excepto un cateo, nos podía pasar en un pupitre de la EGB; que cuando el estío asomaba, la emoción era máxima si se trataba de compartir la tarde con la pandilla, echando partidas del Bubble Bobble a cinco duros; que en la era pre-nutella, la nocilla, el polo flash y las pipas, eran la energía para coger las bicis y vivir aventuras, soñando con ser Goonies y sintiéndonos bicivoladores…

Somos muchos los nostálgicos, porque por entonces la media salía a casi tres hijos por familia, hoy uno y apenas. Los que venden lo saben bien, lo explotan y nos encanta, porque devoramos una temporada de Stranger Things con el mismo ansia con la que zampábamos un bollycao pero sin calcomanías y ahora con bastantes más centímetros de cintura.

También leíamos, a veces por obligación parental o académica, otras por gusto cual Bastián dentro de una Historia Interminable de Michael Ende. Lectura también por diversión cuando podíamos elegir nuestra propia aventura en unos libros en los que un salto de página lo cambiaba todo. De ahí mi gozo con la nueva herramienta interactiva que Netflix ha estrenado con un capítulo especial de la serie que mejor refleja los dramas tecnológicos del último milenio, Black Mirror. Bandersnatch se llama el episodio que me traslada a una época donde reinaba el Spectrum y Atari, que fueron el primer ordenador y consola que tocaron estas manos que hoy escriben, hoy más arrugadas y que por entonces ni soñaban con la PlayStation que hoy disfrutan.

A ritmo de sintetizador acompaño a su protagonista un joven programador de videojuegos y decido por él, A ó B, un camino u otro cambia el curso de una historia oscura y un tanto siniestra. Lo mejor es que hay cinco finales diferentes . Ojalá como espectador hubiese podido decidir otro final para David el Gnomo convertido en árbol, ese trauma infantil que me hubiese ahorrado…Y qué decir de Lost o Los Serrano, sin ánimo de ofender queridos guionistas ¡bendita interactividad!

El guión del experimento resulta adictivo en un principio aunque decrece cuando a pesar de haber optado por un camino, la serie te lleva donde ella quiere hacia uno de los cinco finales diferentes con los que me he topado. Terminado empiezo a pensar en reboot de los Gremlins y Cazafantasmas 3 que están por venir, y pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor o no… porque me imagino sólo en casa con un extraterrestre que come lacasitos o un gigante feo de nombre Sloth que pide chocolate y me asusto adulto. Mejor me quedo como estoy, en mi casa milénica practicando mi adicción favorita, os lo cuento el mes que viene…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


ARTÍCULO REVISTA SOUL MAYO 2019

True Detective

QUERIDA ANSIEDAD

La jornada me consume, puede que a muchos de vosotros os suene la siguiente canción.

La cafetera italiana que me bebo casi de golpe mientras oigo las noticias, no contiene la cafeína suficiente para despertar mi cuerpo y mente después de la maratón que me pegué anoche: los tres primeros capítulos de la tercera temporada de True Detective son los responsables de que cerrara los ojos pasada la una de la mañana. Los americanos, que tienen la fábrica más grande de series, le llaman binge watching, yo le llamo atracón seriéfilo.

Dos veces pospuesta la alarma, mi somnolencia y yo empezamos ahora una intensa jornada de periodismo televisivo en la televisión pública valenciana que finalizará once horas después del primer sorbo de café. Un poco de gimnasio y un Glovo hipercalórico antes de caer de nuevo en sofá, para deshacer lo sudado e incumplir ese mandamiento treintañero que evita ingerir hidratos cuando se acerca la medianoche, casi como un Gremlin. El tresillo es el campo donde practico un verbo que me encanta, “repantigar” y ahí me vuelvo a quedar, pegado, adepto a la creación de Nic Pizzolato. 

La cabecera ya me resulta hipnótica, una introducción puede llegar a ser una pequeña obra de arte audiovisual, un subgénero en el mundo de la ficción; la de True Detective marca tendencia: escenas ya icónicas que emanan de los personajes, al ritmo de la banda sonora maravillosamente deprimente de (os evito cazar un Shazam) Death Letter de Cassandra Wilson. Un genial preludio de lo que está por venir… La base , una desaparición y un asesinato en Ozarks, un pueblo imaginario habitado por personajes comunes, casi todos con pinta de presuntos asesinos. Un Twink Peaks del s XXI con brillantes saltos cronológicos, no tantos como las incógnitas que se suceden entre silencios y humo de cigarrillos. 

True Detective

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Algunas interpretaciones ya huelen a premio, lo digo, y es unánime, por Mahershala Ali, lo recordaréis por Moonligt y es un 9’9 sobre 10. Su otra mitad es Stephen Dorff, mi archivo audiovisual lo recuerda por todo lo alto en el cambio de milenio y aquí recibe esa segunda oportunidad de tantos guaperas del pasado, más maduros y con ese beneplácito de la crítica que sólo la arruga serena consigue, véase John Travolta o Mickey Rourke 

True Detective

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poco me dura la ración, tan sólo 53 minutos. ¿Y ahora qué? me pregunto mientras empiezo a sentir la necesidad de quien quiere más y no puede ser. HBO raciona mi dependencia a su serie estrella de la temporada, sólo cuelgan un capítulo por semana, el tiempo suficiente para que al estudio de doblaje de aquí doble el siguiente venido de allá. Así que me veo obligado a calmar mi ansia echando un vistazo a Killing Eve, también en HBO y con el sello BBC, que salvo contadas excepciones es sinónimo de calidad.

Si amas la ficción sabes que la excelencia es una preciada cualidad en un mercado donde el excedente invita a sortear la morralla de series producidas en masa. Me invita, además, la presencia del Emmy a la mejor actriz de serie dramática, Sandra Oh o como olvidar a la doctora Cristina Yang en Anatomía de Grey. Pinta bien, un entretenido juego al gato y ratón global de ocho capítulos que serán mi metadona en lo que queda de semana. El primer mundo tiene estas cosas, necesidades innecesarias que son un placer. Adicción a la ficción para desconectar de la realidad, mi querida ansiedad… 

True Detective

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