Ferran Cano (@ferrancano)

ABRIL

TODO Y NADA

Tenerlo todo y a la vez nada, es el sentimiento de frustración que a veces me invade cuando me enfrento cara a cara a mi pequeña pantalla de 43 “.

El que debería ser el mejor momento del día, no lo acaba de ser cuando enciendo mi playstation y doy tantas vueltas al mando sobre las aplicaciones de HBO, Prime y Netflx. La indecisión se apodera de mí hasta que un impulso me obliga finiquitar la situación, entro en Netflix. Navego por un mar de géneros y un extraño algoritmo de recomendaciones personalizadas, animado por la cantidad de producto que habita dentro, extenso, aunque ya se sabe aquello de la cantidad y la calidad… Al final, el camino hacia un buen rato de esparcimiento, se convierte en la búsqueda de una aguja en un pajar donde lo selecto se esconde entre una morralla con la que parece difícil hacer buen caldo audiovisual.

Me pierdo entre pelis taquilleras vistas hasta la saciedad, series B, vampiros, licántropos, bellezas sin contenido, culebrones y ciencia ficción de bajo presupuesto. Todo lo cotejo en esas webs en las que espectadores opinan, ellos me invitan a descartar cuando el producto no pasa del aprobado, y pasa mucho.

Algunos hablan del fast food del entretenimiento. Más de 3.000 títulos dentro de la gigante N roja son los responsables de un nuevo mal psicológico del primer mundo, un drama del siglo XXI: la ansiedad de no saber qué entre tanto. Cuanto más tenemos más queremos y cuando vivo ese debate interno de elegir que ver, pienso en esos noventa del pasado, en los que la oferta se resumía a seis canales en abierto, por entonces el zapping era coser y cantar, y a pesar de tanto anuncio con poco uno quedaba satisfecho.

Existe una forma de medir las ganas de consumir una cinta, es ese pagaría por ir a verla al cine… Sólo que lo del cine ya no resulta tan obvio por mucho que le moleste a ese festival de Cannes y su relación imposible con Netflix.

En la parte positiva, la tarifa plana incluye algunas películas por las que el que os escribe pagaría con agrado entrada y palomitas: La aterradora y asfixiante  “A ciegas” con Sandra Bullock; la acción de la buena, en forma y contenido de “Triple Frontera” con Ben Affleck; la maravillosa balada de Buster Scruggs de los hermanos Cohen; la delicia hecha arte en movimiento en la “Roma” de Alfonso Cuaron o dentro de poco y hay tantas ganas como expectación, “The Irishman” de Martin Scorsese, con Robert de Niro y Al Pacino. Todo leyendas… Cintas de alta calidad, presupuesto y con nombres propios del firmamento del celuloide. Una abultada chequera para sacar pecho cinematográfico, hacer olvidar las quincalla y de paso, cambiar las reglas del juego como la radio ya hizo con la prensa, y a su vez después la tele o internet. Pasado los años nadie ha muerto, todo evoluciona, todos conviven, que entre el CD y Spotify, el taxi y el VTC o el blanco y el negro siempre hay grises. Feliz elección nocturna audiovisual…


MARZO

CUALQUIER TIEMPO PASADO

Idealizamos lo que fuimos y lo que un día vivimos, es un signo de mi generación, la que empezó a caminar en los 80, al mismo paso que lo hacía la democracia. Los que la pusieron en marcha ya son viejos, nosotros nos encontramos en la mitad del camino, y a nuestras espaldas, miles de instantáneas visuales que alimentan nuestra necesidad de nostalgia.

Echar la vista atrás nos reconforta, tal vez porque nos sentimos seguros pensando que nada malo, excepto un cateo, nos podía pasar en un pupitre de la EGB; que cuando el estío asomaba, la emoción era máxima si se trataba de compartir la tarde con la pandilla, echando partidas del Bubble Bobble a cinco duros; que en la era pre-nutella, la nocilla, el polo flash y las pipas, eran la energía para coger las bicis y vivir aventuras, soñando con ser Goonies y sintiéndonos bicivoladores…

Somos muchos los nostálgicos, porque por entonces la media salía a casi tres hijos por familia, hoy uno y apenas. Los que venden lo saben bien, lo explotan y nos encanta, porque devoramos una temporada de Stranger Things con el mismo ansia con la que zampábamos un bollycao pero sin calcomanías y ahora con bastantes más centímetros de cintura.Ferran Cano

También leíamos, a veces por obligación parental o académica, otras por gusto cual Bastián dentro de una Historia Interminable de Michael Ende. Lectura también por diversión cuando podíamos elegir nuestra propia aventura en unos libros en los que un salto de página lo cambiaba todo. De ahí mi gozo con la nueva herramienta interactiva que Netflix ha estrenado con un capítulo especial de la serie que mejor refleja los dramas tecnológicos del último milenio, Black Mirror. Bandersnatch se llama el episodio que me traslada a una época donde reinaba el Spectrum y Atari, que fueron el primer ordenador y consola que tocaron estas manos que hoy escriben, hoy más arrugadas y que por entonces ni soñaban con la PlayStation que hoy disfrutan.

A ritmo de sintetizador acompaño a su protagonista un joven programador de videojuegos y decido por él, A ó B, un camino u otro cambia el curso de una historia oscura y un tanto siniestra. Lo mejor es que hay cinco finales diferentes . Ojalá como espectador hubiese podido decidir otro final para David el Gnomo convertido en árbol, ese trauma infantil que me hubiese ahorrado…Y qué decir de Lost o Los Serrano, sin ánimo de ofender queridos guionistas ¡bendita interactividad!

El guión del experimento resulta adictivo en un principio aunque decrece cuando a pesar de haber optado por un camino, la serie te lleva donde ella quiere hacia uno de los cinco finales diferentes con los que me he topado. Terminado empiezo a pensar en reboot de los Gremlins y Cazafantasmas 3 que están por venir, y pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor o no… porque me imagino sólo en casa con un extraterrestre que come lacasitos o un gigante feo de nombre Sloth que pide chocolate y me asusto adulto. Mejor me quedo como estoy, en mi casa milénica practicando mi adicción favorita, os lo cuento el mes que viene…

FEBRERO

QUERIDA ANSIEDAD

La jornada me consume, puede que a muchos de vosotros os suene la siguiente canción.

La cafetera italiana que me bebo casi de golpe mientras oigo las noticias, no contiene la cafeína suficiente para despertar mi cuerpo y mente después de la maratón que me pegué anoche: los tres primeros capítulos de la tercera temporada de True Detective son los responsables de que cerrara los ojos pasada la una de la mañana. Los americanos, que tienen la fábrica más grande de series, le llaman binge watching, yo le llamo atracón seriéfilo.

Dos veces pospuesta la alarma, mi somnolencia y yo empezamos ahora una intensa jornada de periodismo televisivo en la televisión pública valenciana que finalizará once horas después del primer sorbo de café. Un poco de gimnasio y un Glovo hipercalórico antes de caer de nuevo en sofá, para deshacer lo sudado e incumplir ese mandamiento treintañero que evita ingerir hidratos cuando se acerca la medianoche, casi como un Gremlin. El tresillo es el campo donde practico un verbo que me encanta, “repantigar” y ahí me vuelvo a quedar, pegado, adepto a la creación de Nic Pizzolato. 

True Detective

La cabecera ya me resulta hipnótica, una introducción puede llegar a ser una pequeña obra de arte audiovisual, un subgénero en el mundo de la ficción; la de True Detective marca tendencia: escenas ya icónicas que emanan de los personajes, al ritmo de la banda sonora maravillosamente deprimente de (os evito cazar un Shazam) Death Letter de Cassandra Wilson. Un genial preludio de lo que está por venir… La base , una desaparición y un asesinato en Ozarks, un pueblo imaginario habitado por personajes comunes, casi todos con pinta de presuntos asesinos. Un Twink Peaks del s XXI con brillantes saltos cronológicos, no tantos como las incógnitas que se suceden entre silencios y humo de cigarrillos. 

True Detective

Algunas interpretaciones ya huelen a premio, lo digo, y es unánime, por Mahershala Ali, lo recordaréis por Moonligt y es un 9’9 sobre 10. Su otra mitad es Stephen Dorff, mi archivo audiovisual lo recuerda por todo lo alto en el cambio de milenio y aquí recibe esa segunda oportunidad de tantos guaperas del pasado, más maduros y con ese beneplácito de la crítica que sólo la arruga serena consigue, véase John Travolta o Mickey Rourke 

True Detective

Poco me dura la ración, tan sólo 53 minutos. ¿Y ahora qué? me pregunto mientras empiezo a sentir la necesidad de quien quiere más y no puede ser. HBO raciona mi dependencia a su serie estrella de la temporada, sólo cuelgan un capítulo por semana, el tiempo suficiente para que al estudio de doblaje de aquí doble el siguiente venido de allá. Así que me veo obligado a calmar mi ansia echando un vistazo a Killing Eve, también en HBO y con el sello BBC, que salvo contadas excepciones es sinónimo de calidad.

Si amas la ficción sabes que la excelencia es una preciada cualidad en un mercado donde el excedente invita a sortear la morralla de series producidas en masa. Me invita, además, la presencia del Emmy a la mejor actriz de serie dramática, Sandra Oh o como olvidar a la doctora Cristina Yang en Anatomía de Grey. Pinta bien, un entretenido juego al gato y ratón global de ocho capítulos que serán mi metadona en lo que queda de semana. El primer mundo tiene estas cosas, necesidades innecesarias que son un placer. Adicción a la ficción para desconectar de la realidad, mi querida ansiedad… 

True Detective

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