Ferran Cano (@ferrancano)

SEPTIEMBRE

EL DESENCANTO DE LA FAMA TEMPRANA.

Dedo arriba, dedo abajo, ando deslizándome por mi pantalla de seis pulgadas descubriendo que pasa en el exterior global. Si ejercitase mis bíceps con la misma intensidad que mi índice, mis mangas veraniegas que ya aguardan el otoño estarían rotas, como la vida de la que un día fue la princesa del pop. Detengo mi falange en los chismorreos que hablan del malestar psíquico de Britney Spears. Está demostrado, el exceso de fama perjudica seriamente la salud de cualquiera, pero más aún cuando la consciencia todavía no es plena.

Los focos no son un buen hábitat para los niños, el archivo histórico está lleno de pequeñas almas desdichadas devoradas por la industria: Judy Garland, Michael Jackson, Joselito, Marisol… Si alguna vez os ha hecho ilusión rentabilizar la gracia y salero de alguno de vuestros hijo o hija, llevadlo a contar un chiste al programa de Juan y Medio o mejor cortad por lo sano y evitad así un futuro descarrilamiento cuando acaben la pubertad. Salvo en honrosas excepciones de tipo Ana Belén, ser un niño prodigio perjudica seriamente la salud, sobre todo la mental.

El documental de Netflix sobre Parchís es un buen ejemplo de lo contraproducente que puede llegar a ser empezar a cotizar antes de los 16, cuando el trabajo es devorado por millones de ojos y la codicia de la industria discográfica. El documental del fenómeno infantil de los 80 indaga en la creación, desarrollo y destrucción del grupo infantil que lo reventó. Ellos mismos nos lo cuentan en una sucesión de confesiones y vivencias contadas desde la distancia y el pseudo anonimato. Los 106 minutos de entrevistas regadas con imágenes del pasado no descubren mucho, es fácil deducir el resultado negativo de la ecuación estrella infantil, ejecutivo con corbata, muchos dólares y fans en masa. Muchos villanos alrededor de cinco chavales y el peor enemigo en casa, porque unos padres despreocupados y cegados por el éxito de sus retoños resulta fatal, cuando un crecimiento adecuado es sacrificado por un puñado de cheques. El morbo entra en escena cuando los testimonios hacen referencia al despertar sexual de los peques el inquietante testimonio de madres de pequeños seguidores acosando a la ficha roja.

La cinta dirigida por Daniel Arasanz, no la veremos compitiendo en ningún festival, pero seguro que anima a echar la vista atrás en el Spotify si amas la nostalgia ochentera y vives pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Ya os digo en plan spoiler que al final Parchís se ve las caras con sus patas de gallo, 33 años después del estrellato, el problema es que el documental no aprovecha este momento y saca los títulos de crédito cuando empieza lo mejor. Se echa de menos las batallitas del reencuentro de esas cabecitas que demasiado bien están, ya adultas, después de lo vivido. Ya lo decía Jordy ese bebé cantante francés, one hit wonder de 1993, Dur dur d’être bébé, en el escenario…


JUNIO

EL MEJOR GUIÓN LO ESCRIBE LA VIDA MISMA. ESTÁ DEMOSTRADO QUE LAS MEJORES HISTORIAS OCURREN PORQUE EL DESTINO ASÍ LO QUIERE, TAN CAPRICHOSO Y A VECES SOBRECOGEDOR QUE SUPERA LA MEJOR IDEA DE UN GRAN ESCRITOR. EL HORROR ESTÁ DE MODA, NUNCA HA DEJADO DE ESTARLO SÓLO QUE CON EL PASO DEL TIEMPO LAS FATALIDADES DEL PASADO ACABAN CONVIRTIÉNDOSE EN ÉXITOS DE LA PANTALLA DEL PRESENTE. VISTOS LOS SUCESIVOS ESTRENOS RECIENTES, PARECE QUE EN LA HEMEROTECA HABITA UN SINFÍN DE RÍOS DE SANGRE QUE VUELVEN A SALIR A LA LUZ EN FORMATO FICCIÓN, PARA CURIOSIDAD DEL ESPECTADOR.

La tendencia televisiva del momento es el infalible basado en hechos reales. Recordar sucesos escabrosos y convertirlos en serie, documental o película se ha convertido en una especialidad para Netflix. Hace dos años se estrenaba Amanda Knox, un documental alimentado de testimonios acerca de la joven absuelta en dos ocasiones del homicidio de su compañera de piso Erasmus en Perugia (Italia). Todavía recuerdo los escalofríos que sentí al sacar mis propias conclusiones después de verla.

Más tarde llegaron La Desaparición de Madeleine McCann, I am a killer, Dirty Jhon, Mindhunter y un etcétera de productos adictivos con los que introducirse en la inquietante mente de un asesino…

El último hit al respecto es “Extremadamente Cruel, Malvado y Perverso” o cómo conocer la piel de cordero de Ted Bundy, el criminal americano que quitó la vida a 30 mujeres y que consumió la de su pareja incrédula a base de mentiras. La veo con más ganas, después de devorar la estremecedora serie documental que destripa el caso a través de las cintas de audio de uno de los psicópatas más cínicos de la historia reciente.Me declaro amante del thriller y terror, del pasarlo bien pasándolo mal. Qué tendrán los asesinos en serie que tanto nos fascinan. Los villanos de la realidad, seguidos como estrellas del matar, por el público en masa que consume sus atrocidades con ese morbo en el fondo de no poder evitar pensar que a cualquiera le podría pasar… Porque no es la misma pesadilla la protagonizada por mi adorado Freddy Krueger que por quien fulminó vidas de verdad como el malo de Ted…

Con el paso de los años el drama de la realidad, en perspectiva, parece que se digiere mejor y resulta más políticamente correcto que en el directo del suceso, exprimido por el género periodístico depredador del sufrimiento en el nombre de la actualidad. La máximo expresión del suceso patrio de antaño es, sin duda, El Caso Alcàsser y no puedo esperar más al estreno de su serie el 14 de junio, en Netflix, llega más sangre del pasado.

MAYO

MÁS APOCALIPSIS

Disculpadme si en estas lineas seriéfilas de primavera no oso a hablar del fenómeno global GOT en su último suspiro. No es que vaya de alternativo por la vida streaming, simplemente es que nunca me enganché y de verdad que lo he intentado, tres veces concretamente pero no hubo manera, antes de finalizar la primera temporada perdía el interés, no será ella, seré yo…

Vivir ajeno a Juego de Tronos conlleva soportar frecuentemente un ¿Cómo puede ser que no la hayas visto todavía…? con el que hacerte sentir de otro planeta, un efecto secundario de cuando sales del rebaño de adictos al drama más popular de la última década.

El género humano es así, donde encontramos a los de nuestra especie allá que vamos. ¿Cuántas veces hemos pasado por un restaurante o comercio y nos ha invitado a entrar ver que haya vida dentro? Con las series pasa igual, el boca a boca es la prescripción para el consumo global, y si viene precedido del imperativo “tienes que verla” las opciones de consumo se disparan.

Caminamos en masa, tantas veces alienados, en la misma dirección pero sin rumbo, por inercia, como los zombis que acechan en Black Summer, mi ultima adicción. Me la recomienda Netflix a través de este extraño algoritmo que cree conocerme, aunque a veces me desconcierta cuando me sugiere culebrones que jamás digeriría en mi sano juicio. Black Summer acaba de aterrizar, es la precuela de Z Nation a la que nunca logré engancharme por ese tono de comedia que irrumpe en medio del horror.

En esta primera temporada (vaticino que habrá segunda) sólo hay drama y terror. Todo empieza en el minuto cero de un apocalipsis zombi, a partir de aquí los ingredientes necesarios para entretenerme: Un virus que se expande y un puñado de supervivientes que huyen de una muchedumbre infectada, rabiosa que corre cual pollo sin cabeza hacia carne limpia que le sirva de aperitivo. Las dianas humanas, como suele pasar en estos casos, son tan heterogéneas como iguales ante el peligro que acecha. Una madre coraje en búsqueda de su vástago hace las veces de protagonista, le acompañan en el camino hacia los seres queridos un abanico de personalidades distintas, unidas por la amenaza de la cólera de los no muertos. El pánico sucede donde antes había confort del primer mundo: Un coche, un supermercado, un colegio o cualquier techo en el que andar con cuatro ojos para no ser devorado.

A priori puede sonar a Walking Dead y sí, suena, pero salvando las diferencias porque el ritmo del “verano negro” me resulta más veloz y disfruto de la acción sin mucho tiempo muerto y alargamientos innecesarios. Antes de Walking Dead ya leía las historietas de su creador, Robert Kirkman y para que os hagáis una idea, en toda la primera temporada televisiva no llegan ni a reproducir todo lo que pasa en un ejemplar del cómic. Demasiado lento, tanto como los zombis originales de movimientos torpes con los que George Romero creaba en 1968 un género que hacía caminar a los muertos resucitados, que hoy son de culto y también mi debilidad. Me quedo con la ira ágil, al estilo Danny Boyle en 28 días después en los que la furia de la epidemia acosa al sobreviviente, perfil de la masa atacante que hereda Black Summer.


ABRIL

TODO Y NADA

Tenerlo todo y a la vez nada, es el sentimiento de frustración que a veces me invade cuando me enfrento cara a cara a mi pequeña pantalla de 43 “.

El que debería ser el mejor momento del día, no lo acaba de ser cuando enciendo mi playstation y doy tantas vueltas al mando sobre las aplicaciones de HBO, Prime y Netflx. La indecisión se apodera de mí hasta que un impulso me obliga finiquitar la situación, entro en Netflix. Navego por un mar de géneros y un extraño algoritmo de recomendaciones personalizadas, animado por la cantidad de producto que habita dentro, extenso, aunque ya se sabe aquello de la cantidad y la calidad… Al final, el camino hacia un buen rato de esparcimiento, se convierte en la búsqueda de una aguja en un pajar donde lo selecto se esconde entre una morralla con la que parece difícil hacer buen caldo audiovisual.

Me pierdo entre pelis taquilleras vistas hasta la saciedad, series B, vampiros, licántropos, bellezas sin contenido, culebrones y ciencia ficción de bajo presupuesto. Todo lo cotejo en esas webs en las que espectadores opinan, ellos me invitan a descartar cuando el producto no pasa del aprobado, y pasa mucho.

Algunos hablan del fast food del entretenimiento. Más de 3.000 títulos dentro de la gigante N roja son los responsables de un nuevo mal psicológico del primer mundo, un drama del siglo XXI: la ansiedad de no saber qué entre tanto. Cuanto más tenemos más queremos y cuando vivo ese debate interno de elegir que ver, pienso en esos noventa del pasado, en los que la oferta se resumía a seis canales en abierto, por entonces el zapping era coser y cantar, y a pesar de tanto anuncio con poco uno quedaba satisfecho.

Existe una forma de medir las ganas de consumir una cinta, es ese pagaría por ir a verla al cine… Sólo que lo del cine ya no resulta tan obvio por mucho que le moleste a ese festival de Cannes y su relación imposible con Netflix.

En la parte positiva, la tarifa plana incluye algunas películas por las que el que os escribe pagaría con agrado entrada y palomitas: La aterradora y asfixiante  “A ciegas” con Sandra Bullock; la acción de la buena, en forma y contenido de “Triple Frontera” con Ben Affleck; la maravillosa balada de Buster Scruggs de los hermanos Cohen; la delicia hecha arte en movimiento en la “Roma” de Alfonso Cuaron o dentro de poco y hay tantas ganas como expectación, “The Irishman” de Martin Scorsese, con Robert de Niro y Al Pacino. Todo leyendas… Cintas de alta calidad, presupuesto y con nombres propios del firmamento del celuloide. Una abultada chequera para sacar pecho cinematográfico, hacer olvidar las quincalla y de paso, cambiar las reglas del juego como la radio ya hizo con la prensa, y a su vez después la tele o internet. Pasado los años nadie ha muerto, todo evoluciona, todos conviven, que entre el CD y Spotify, el taxi y el VTC o el blanco y el negro siempre hay grises. Feliz elección nocturna audiovisual…


MARZO

CUALQUIER TIEMPO PASADO

Idealizamos lo que fuimos y lo que un día vivimos, es un signo de mi generación, la que empezó a caminar en los 80, al mismo paso que lo hacía la democracia. Los que la pusieron en marcha ya son viejos, nosotros nos encontramos en la mitad del camino, y a nuestras espaldas, miles de instantáneas visuales que alimentan nuestra necesidad de nostalgia.

Echar la vista atrás nos reconforta, tal vez porque nos sentimos seguros pensando que nada malo, excepto un cateo, nos podía pasar en un pupitre de la EGB; que cuando el estío asomaba, la emoción era máxima si se trataba de compartir la tarde con la pandilla, echando partidas del Bubble Bobble a cinco duros; que en la era pre-nutella, la nocilla, el polo flash y las pipas, eran la energía para coger las bicis y vivir aventuras, soñando con ser Goonies y sintiéndonos bicivoladores…

Somos muchos los nostálgicos, porque por entonces la media salía a casi tres hijos por familia, hoy uno y apenas. Los que venden lo saben bien, lo explotan y nos encanta, porque devoramos una temporada de Stranger Things con el mismo ansia con la que zampábamos un bollycao pero sin calcomanías y ahora con bastantes más centímetros de cintura.Ferran Cano

También leíamos, a veces por obligación parental o académica, otras por gusto cual Bastián dentro de una Historia Interminable de Michael Ende. Lectura también por diversión cuando podíamos elegir nuestra propia aventura en unos libros en los que un salto de página lo cambiaba todo. De ahí mi gozo con la nueva herramienta interactiva que Netflix ha estrenado con un capítulo especial de la serie que mejor refleja los dramas tecnológicos del último milenio, Black Mirror. Bandersnatch se llama el episodio que me traslada a una época donde reinaba el Spectrum y Atari, que fueron el primer ordenador y consola que tocaron estas manos que hoy escriben, hoy más arrugadas y que por entonces ni soñaban con la PlayStation que hoy disfrutan.

A ritmo de sintetizador acompaño a su protagonista un joven programador de videojuegos y decido por él, A ó B, un camino u otro cambia el curso de una historia oscura y un tanto siniestra. Lo mejor es que hay cinco finales diferentes . Ojalá como espectador hubiese podido decidir otro final para David el Gnomo convertido en árbol, ese trauma infantil que me hubiese ahorrado…Y qué decir de Lost o Los Serrano, sin ánimo de ofender queridos guionistas ¡bendita interactividad!

El guión del experimento resulta adictivo en un principio aunque decrece cuando a pesar de haber optado por un camino, la serie te lleva donde ella quiere hacia uno de los cinco finales diferentes con los que me he topado. Terminado empiezo a pensar en reboot de los Gremlins y Cazafantasmas 3 que están por venir, y pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor o no… porque me imagino sólo en casa con un extraterrestre que come lacasitos o un gigante feo de nombre Sloth que pide chocolate y me asusto adulto. Mejor me quedo como estoy, en mi casa milénica practicando mi adicción favorita, os lo cuento el mes que viene…

FEBRERO

QUERIDA ANSIEDAD

La jornada me consume, puede que a muchos de vosotros os suene la siguiente canción.

La cafetera italiana que me bebo casi de golpe mientras oigo las noticias, no contiene la cafeína suficiente para despertar mi cuerpo y mente después de la maratón que me pegué anoche: los tres primeros capítulos de la tercera temporada de True Detective son los responsables de que cerrara los ojos pasada la una de la mañana. Los americanos, que tienen la fábrica más grande de series, le llaman binge watching, yo le llamo atracón seriéfilo.

Dos veces pospuesta la alarma, mi somnolencia y yo empezamos ahora una intensa jornada de periodismo televisivo en la televisión pública valenciana que finalizará once horas después del primer sorbo de café. Un poco de gimnasio y un Glovo hipercalórico antes de caer de nuevo en sofá, para deshacer lo sudado e incumplir ese mandamiento treintañero que evita ingerir hidratos cuando se acerca la medianoche, casi como un Gremlin. El tresillo es el campo donde practico un verbo que me encanta, “repantigar” y ahí me vuelvo a quedar, pegado, adepto a la creación de Nic Pizzolato. 

True Detective

La cabecera ya me resulta hipnótica, una introducción puede llegar a ser una pequeña obra de arte audiovisual, un subgénero en el mundo de la ficción; la de True Detective marca tendencia: escenas ya icónicas que emanan de los personajes, al ritmo de la banda sonora maravillosamente deprimente de (os evito cazar un Shazam) Death Letter de Cassandra Wilson. Un genial preludio de lo que está por venir… La base , una desaparición y un asesinato en Ozarks, un pueblo imaginario habitado por personajes comunes, casi todos con pinta de presuntos asesinos. Un Twink Peaks del s XXI con brillantes saltos cronológicos, no tantos como las incógnitas que se suceden entre silencios y humo de cigarrillos. 

True Detective

Algunas interpretaciones ya huelen a premio, lo digo, y es unánime, por Mahershala Ali, lo recordaréis por Moonligt y es un 9’9 sobre 10. Su otra mitad es Stephen Dorff, mi archivo audiovisual lo recuerda por todo lo alto en el cambio de milenio y aquí recibe esa segunda oportunidad de tantos guaperas del pasado, más maduros y con ese beneplácito de la crítica que sólo la arruga serena consigue, véase John Travolta o Mickey Rourke 

True Detective

Poco me dura la ración, tan sólo 53 minutos. ¿Y ahora qué? me pregunto mientras empiezo a sentir la necesidad de quien quiere más y no puede ser. HBO raciona mi dependencia a su serie estrella de la temporada, sólo cuelgan un capítulo por semana, el tiempo suficiente para que al estudio de doblaje de aquí doble el siguiente venido de allá. Así que me veo obligado a calmar mi ansia echando un vistazo a Killing Eve, también en HBO y con el sello BBC, que salvo contadas excepciones es sinónimo de calidad.

Si amas la ficción sabes que la excelencia es una preciada cualidad en un mercado donde el excedente invita a sortear la morralla de series producidas en masa. Me invita, además, la presencia del Emmy a la mejor actriz de serie dramática, Sandra Oh o como olvidar a la doctora Cristina Yang en Anatomía de Grey. Pinta bien, un entretenido juego al gato y ratón global de ocho capítulos que serán mi metadona en lo que queda de semana. El primer mundo tiene estas cosas, necesidades innecesarias que son un placer. Adicción a la ficción para desconectar de la realidad, mi querida ansiedad… 

True Detective

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