En el cementerio, en plena noche y a escondidas una madre recupera el cadáver sepultado de su difunta hija. Burlando toda vigilancia logra pasar desapercibida por las calles de la ciudad de Valencia llevando el cadáver en sus brazos.

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La noche del 26 de enero de 1913 hubiera sido una de tantas en la ciudad de Valencia sino hubiera sido porque una valenciana decidió pernoctar en el Cementerio General de Valencia.

Su nombre Vicenta Martínez Genovés, madre de una niña de ocho años de edad. Ambas residían en una humilde habitación de alquiler sita en la calle Ruaya de Valencia. La vida de la pequeña familia se vio del todo  trastornada cuando  dos meses antes la niña cayó enferma de meningitis y el día 5 de diciembre de 1912, la pequeña de nombre Conchita fallece a tan temprana edad.

 La madre desolada, recibe la ayuda de sus vecinas quienes amortajan a la pequeña con su mejor atuendo. Un vestidito blanco con bordados y volantes. Gracias de nuevo a la caridad del vecindario la madre puede enterrar a la pequeña en una tumba, evitando así una fosa común.

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La madre quedó del todo afectada hasta el punto de intentar suicidarse lanzándose  a las vías del tren. Salvada in extremis por dos viandantes que se percataron de sus intenciones.

A tal punto llegó la desesperación de la madre que pasaba un día tras otro en el cementerio, a los pies de la tumba de su hija repitiendo “Pobreta, ha muerto de hambre”. Sus llantos no pasaban desapercibidos y en más de una ocasión tuvo que ser amonestada.

Finalmente, Vicenta decide acabar con aquel martirio que le atormenta. Debido a las dolorosas circunstancias y con el poco discernimiento que le queda  cree encontrar la  solución a su pesar.

La noche del 26 de enero se esconde en el cementerio y cuando este permanece cerrado al público comienza a retirar y escarbar la tierra que oculta al ataúd en su parte superior, ayudada  con un hierro en forma de gancho que le sirve para su propósito y la cruz que ha arrancado de la tumba contigua. Cuando su mirada avista el ataúd hace un agujero en la parte superior del mismo hasta poder sacar el cadáver de la pequeña Conchita.

El lunes 27 de enero de 1913, Vicenta Martínez Genovés sale por la puerta principal del Cementerio General de Valencia, con el cadáver de su hija entre sus brazos, tan solo oculto bajo una manta.

 En su trayecto hace varias paradas. Pasando por la calle San Vicente entra en una taberna para pedir dos vasos de agua, a continuación sigue por la calle Játiva hasta llegar a la plaza de San Agustín donde sube al tranvía que debía llevarla a su vivienda en la calle Ruaya. Pero  a la gente que viajaba en ese mismo tranvía no le pasó desapercibido el intenso hedor que desprendía el bulto que la nueva pasajera llevaba entre sus brazos. Obligando, de esta manera, a bajar a Vicenta en una próxima parada donde se encontraban dos guardias, quienes pudieron comprobar el motivo de ese hedor al descubrir bajo la manta el cadáver de una niña muerta y en avanzado estado de descomposición. Inmediatamente se personaron efectivos del Juzgado y procedieron a un interrogatorio en la Casa de Socorro a la que se dirigieron.

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El juez, un alguacil y el subdelegado de Medicina acompañaron a Vicenta al cementerio, donde realizaron las comprobaciones oportunas verificando que en el interior del ataúd tan solo se hallaba una almohada.

La madre declaró: “Yo sola la saqué de ahí porque es solo mía”, y a continuación, “quería mudarla de ropa, limpiarla y guardarla en casa. Si hace falta alquilaré otra vivienda”.

Acabadas las diligencias se volvió a enterrar a Conchita y no se le permitió a la madre que viera el cadáver, ni siquiera que estuviera presente en el momento de esa segunda inhumación.

 En el libro de registro del Cementerio se anota: “Vuelta a enterrar el 28 de enero de 1913 por orden judicial”.

El 10 de febrero, el juzgado de San Vicente dictó auto de procesamiento contra la madre sin detención ni fianza, y abrió dos causas por violación de sepultura y por infracción de las normas sobre exhumaciones. Pero ambas fueron archivadas debido a las evidentes circunstancias mentales de la madre.

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No fue suficiente calvario el vivido por Vicenta que a raíz del suceso acaecido se reclamaron responsabilidades a los garantes de la custodia del Cementerio General de Valencia. Asi se requirió  el testimonio del  jefe del cementerio, el padre Eduardo Genovés Olmos , así como al conserje José Mª Duval. Ambos, queriendo eludir responsabilidades, inventaron una trama intentando convencer a Vicenta para que cambiara su versión, enseñándola a decir que había salido del cementerio mediante el uso de una escalera a la que subiría para saltar un muro de tres metros con el cadáver de su hija en brazos, aprovechando el cambio de guardia de los vigilantes del cementerio. De lo contrario la amenazaron con no decirle donde habían vuelto a enterrar a su hija.  Es por ello que cuando la madre fue convocada para ser interrogada no cesaba en repetir entristecida: “No, no me lo dirán, no. No me dirán la verdad, no”.

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El caso quedó finalmente cerrado y poco más se sabe de Vicenta. Algunas fuentes indican que acabó siendo ingresada en un centro para enfermos mentales.

   Como decía Friedrich Nietzsche: “En el amor siempre hay algo de locura, más en la locura siempre hay algo de razón”.

 

Paloma Juan

 

 

 

 

BIBLIOGRAFIA:
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https://valencianoticias.com/
https://www.lasprovincias.es
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