Entendemos por Salud un estado de bienestar físico, psicológico, social y espiritual.

El frío del invierno acaricia nuestras mejillas, nos despierta y nos evoca aquellos momentos y experiencias que acaban de acontecer en nuestra vida. Días de fiesta llenos de celebraciones, reuniones familiares, de compañeros de trabajo, acompañados y aderezados con todos esos ingredientes que pretenden llevarnos a la “felicidad”. Días en los que sacamos del armario nuestras mejores sonrisas, vestidos, trajes… Días de fiesta, en los que todo se engalana y todo se “pone guapo”. Las calles y plazas se visten con atractivos y coloridos adornos y se llenan de luces que irradian esas chispas de alegría, de vida, y nos dejamos envolver por ello, y nos rendimos al anhelo de nuestra alma que nos susurra todo el rato: quiero ser feliz. Poquito a poco nos vamos embriagando de intensos sentimientos que nos sugieren buenos propósitos. De repente el amor brilla, y en ese momento de euforia dejándonos llevar por esa chispa de la vida, decidimos que definitivamente vamos a dar un cambio a nuestra existencia soltando todo aquello que no es útil y constructivo dando paso a hábitos de vida más saludables.

Enero es por excelencia el mes de los buenos propósitos, pero pasado un tiempo observamos cómo todos aquellos “castillos en el aire” se vienen abajo desmoronándose. Pasado ese momento de euforia artificial, nos deshinchamos y volvemos a nuestras rutinas y a nuestros vicios. Es en ese momento cuando nos invade un sentimiento de frustración y pensamos: otra vez, un año más la misma historia…

Y…, de repente, en ese instante de silencio y reflexión auténtica, deteniendo la mirada, reparamos en que en nuestro interior sigue brillando una chispita de luz y vamos tirando de ella y siguiendo su destello observamos que proviene de un inmenso rayo de luz que no se apaga, que permanece, que siempre ha estado ahí. En ese momento el alma sabe que aunque nuestra parte humana se viene abajo cada vez que se siente incapaz de hacer las cosas por sus propios medios, ese poderosísimo rayo de luz nos da la fortaleza y la determinación para perseverar… y sentimos la Luz de Dios en acción. Si en ese momento permitimos que sea nuestro espíritu quien tome el control, todo cambia, porque sabemos que no estamos solos, que nunca lo hemos estado.

Es el momento de dejar de confiar únicamente en nuestras fuerzas dejando de sobrecargarnos y exigirnos hacerlo todo sin ayuda. Es el momento de agradecer y confiar en todo aquello que se nos pone a nuestro servicio para que definitivamente podamos conseguir nuestros propósitos. Podemos sentir que ha llegado el momento de llamar a la “caballería” para que venga en nuestro auxilio.

Es el momento de la plegaria, es el momento de la oración, es el momento de permitir que el AMOR actúe.

FELIZ VIDA NUEVA

Ángel Escudero Villanueva, Médico Promotor de la Salud.

Rosa Pascual Muñoz, Economista Promotora de la Salud.

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