Me he sentido en la obligación de describir mi último sueño y cuando lo leáis creo que entenderéis por qué. Aviso que está escrito en onírico. Esta es mi manera de decir las cosas, no es que sea mi trabajo, es que es mi idioma:

Estaba troceando una mantarraya viva para cocinarla. Lo más improbable de todo el sueño y mira que el resto no hay por donde cogerlo. Lo primero porque no sé ni si se comen y lo segundo porque nunca, jamás, me veréis limpiando pescado muerto, así que vivo ni te cuento.

Total, que ahí estaba con mi cuchillo y la manta en la tabla de cocina, cuando se me escapa. Sale por el pasillo como una bala con un trocillo ya mutilado, más rápida que pa que. Si la viérais deslizarse por el suelo como si del océano se tratase… A pesar de ser un pez, esta en concreto no tenía problemas de adaptación. Eso sí, de vez en cuando reponía fuerzas en cunetas llenas de nieve-hielo que había por casa. En ocasiones mi piso parecía la subida a las pistas, pero eso en ningún momento me pareció extraño.

Estoy persiguiéndola y gritando se ha escapado, cuando una vecina inexistente que se llamaba Pilar, baja a mi casa a que le imprimamos cosas. Mi marido era colega, pero yo no la había visto en mi vida. (Esto es un trauma mío real, porque él es super popular en la comunidad, los conoce a todos, e incluso está en el chat de la finca, pero yo no sé ni quién vive abajo. No retengo vecinos, de nunca. Más bien filtro, voy a los esenciales porque para todo no me da). Le digo a la señora que no es momento, pero le da igual. Imprime, se coge sus folios y se va, mientras la mantarraya sigue por ahí pululando y dejando un rastrito de sangre, porque recordemos, la estaba troceando. He de decir que he pasado un asquito latente, pero no evidente durante todo el sueño.

De ahí, hay un salto concepto- temporal: están todos mis amigos de la universidad cenando en la cocina (cosa que no haría nunca que para eso está comedor), yo explicando que la cena se había escapado y todos pasando de mí. (Esto está basado en hechos reales porque cuando quedamos hay tanta euforia que hablamos todos a la vez y lo de escuchar se lleva mal). Y aquí viene el plot twist: la mantarraya comienza a cambiar de aspecto y de repente se convierte en perro (y pienso mira ideal porque mis hijos quieren uno y este no suelta pelo, para acto seguido puntualizarme a mí misma: no, mala idea, dejará olor a pescado por toda la casa, porque al fin y al cabo es lo que es). Intento comunicarme con la muchedumbre parlante, que se abraza y se saluda y explicar mi notición: la mantarraya de la cena que vive fuera del agua, ahora cobra diferentes formas. Grito: ¡Mirad, es un perro! Parece que les da igual y a mi tampoco me parece taaan relevante. Sigo a lo mío y ella a lo suyo. Va cambiando de formita y solo vuelve en sí cuando descansa en uno de los trozos de hielo, que sigue habiendo a los lados del pasillo.

Que mi casa parezca un sendero nevado y que se me escape una mantarraya que iba a guisar; y que ahora era un perro y otros animales que no recuerdo, no era para tanto. Eso no, pero en su último morfing se convierte en lagartija… y después de TODO lo que ha pasado, me digo: ESTO, pero solo esto en concreto eh, no tiene sentido: la mantarraya es enorme y la lagartija es muy pequeñita. Hasta ahora sus formas eran del mismo tamaño que ella: ¿Qué ha hecho con todo su volumen? ¿Dónde lo mete? Este dato, al parecer clave en mi cabeza delirante, es lo que me hace replantearme la situación y despertar. Consciente también hago lo de preguntarme cosas absurdas, cuando NADA en general tiene sentido.

Me he despertado con la imagen de la lagartija en el parqué.

FIN

Posdata: No os preocupéis por mí. Gozo de buena salud mental, si no pensad en Kafka. Sin ser yo Franz ni nada de eso. (guiño a las vecinas de Valencia, episodio surrealista, pero al mismo tiempo real como la vida misma, que si no habéis visto DEBÉIS ver)