Que sepáis que yo no celebro San Valentín, porque no le veo ningún sentido, pero el martes 13, sí por todo lo alto y en contra de mi voluntad. Este año han caído seguiditos y me he dado cuenta de este dato, que os importa muy poco en realidad, pero yo os lo cuento igual.

Digo en contra de mi voluntad porque para mí no es grato celebrarlo. Desde hace años espero una serie de catastróficas desdichas en esta fecha tan señalada. Y siempre pasa algo, siempre. No es superstición, es un hecho contrastado.

En esta ocasión por ejemplo el día no comenzó mal, acerté con los uniformes de los nanos, no como la semana pasada, que me levanté con el día cambiado y le puse a la niña el chandal y a él el uniforme y era al revés. No contenta con eso le saqué todo lo de música de la cartera a la nena, que tenía examen de flauta ese día. La explicación a la profe fue un cuadro: perdona es que no se en qué día vivo y la peque se prepara la cartera perfectamente, pero llego yo y se la vacío…

Que me desvío del tema, volvemos al Martes 13. Todo se desarrollaba normalmente, hasta que me piden urgente que prepare un artículo para esa misma tarde, de ya para ya, vamos.
Digo que sí, y me pongo a ello hasta que hay que llevar a los niños al cole, les llevo, vuelvo corriendo y cuando llego al portal me doy cuenta de que no llevo llaves. Además como había salido rápido de casa para continuar trabajando me doy cuenta de que voy sin peinar y el suéter de estar por casa. Total, que me pongo a merodear por el barrio, esperando a mi marido con pelos de loca acabados en una especie de moño con tres gomas y nervios por no poder trabajar ese rato maravilloso en el que no hay niños. Llega la hora de recogerlos y sigo en la calle. Voy a por los nanos y al llegar ya había alguien en casa.
Entro, me pongo a escribir y me llama Gis a gritos: el water se ha atascado y se ha inundado el baño. Me pongo a recoger el agua con el mocho, histérica perdida porque el plazo para enviar el texto se me acaba y cuando estaba terminando con la fregona escurro con tal fuerza que vuelco el cubo, se vuelve a salir todo el agua y del impulso me precipito contra el marco de la puerta, dándome un golpe en toda la frente, que me dejó medio noqueada.
Tras volver en mí, recogí el agua de nuevo, limpié, me encerré y acabé el artículo, porque una es un desastre en casi todo, pero cuando me comprometo a algo lo cumplo, y más si es algo profesional. Después intenté pasar el tiempo con la menor actividad posible, esperando a que cumplieran las 12 y se acabara el día por fin.

Y así celebré mi martes y 13. A ver qué nos depara el siguiente.