Hay veces que de verdad parezco un cruce cañí entre Bridget Jones y Ally McBeal. Echo la culpa a los niños, que me descentran, pero ahí hay algo más. No es normal. Tengo imán para las absurdeces, como el otro día, cuando abro la persiana y me encuentro a dos tíos mirándome en un andamio.

Nada más levantarme, con la legaña puesta y con un pijama que mejor no describir, al otro lado de cristal dos albañiles me sonreían y nos dábamos los buenos días. Después de llenarles una botella de agua, tal como me pidieron, cerré y me puse a trabajar.

Era una entrevista telefónica y mientras escuchaba, hice cortocircuito y colgué al entrevistado porque pensé: ‘me están llamando y me van a cortar la conversación’. Es como cuando estás hablando por teléfono, te acuerdas de que tienes que llamar a otra persona y sin colgar te pones a marcar. Escuchas ti ti ti.. y te dice ¿Qué haces? ¿Por qué tecleas si estás hablando conmigo? O cuando buscas el móvil mientras hablas por el móvil.

El colofón del día fue en el super. Por algún motivo que desconozco, nunca, jamás, cojo carro. Aunque tenga que hacer una compra del copón yo me agencio una cestita y a correr.

Con la cesta reventona, ya difícil de controlar, atropello dos veces a un espécimen nunca visto por los pasillos del Merca: rubio, alto, ojos azules y sonrisa Profident. Me doy a la fuga y me persigue. Empieza a llamarme. Yo pensando olé tú, igual le has molao. Pero no, quería darme el paquete de compresas, que había salido disparado de la cesta. Sí, no podían haberse caído los macarrones, tenía que ser el paquetito. Encima me dice ‘es que son con alas’. Me río, doy las gracias y las cojo. Me pongo roja, como el tomate frito que tenía en la mano y para la caja. Lleno el carro Carmen, se queda clavado del peso, vuelco, se sale todo… En fin, deseando volver a abrir la persiana un nuevo día.