Ir al Mercadona ya era un deporte de riesgo, alguna vez lo he contado. El carro me da descargas eléctricas y soy patosa de por sí. Así que imaginaos ahora con la situación que nos ha tocado vivir.

Para empezar me pongo nerviosa en la cola para entrar como si fuera a robar o algo… El guardia de seguridad me intimida. Se me caen los guantes al ponérmelos, se me enrollan… Finalmente todo bien, todo correcto. Entro y como siempre, pillo un carrito de los pequeños sabiendo que lo voy a llenar hasta los topes y más allá ¿Por qué? No lo sé.

Lo lleno a tope, haciendo un tetris monumental, con un pack de leche como colofón aplastando todo lo de dentro. La verdad que tiene mucho mérito lograr dicha composición con precisión milimétrica, con las manos completamente sudadas e introducidas en unos guantes de plástico talla XXL.

Por cierto si alguno ha conseguido abrir una bolsa de estas para meter la fruta con los guantes del mismo material puestos, que me escriba. Es un héroe. Al final opté por dejar la fruta desparramada y coger bolsas sueltas y que en la caja me lo metan ellos.

Durante el paseo por el super, huyes de la gente en las bandejas de la carne, esperando en un segundo plano, hasta que accedes a escena y escoges. Pero no estás para pensar… ya tienes la mente suficientemente ocupada intentando evitar tocarte la mascarilla.

Yo no era consciente de las veces que me picaba la cara hasta ahora. Creo que me paso rascándome la nariz 16 de las 24 horas del día y porque el resto duermo. Aunque puede que durmiendo también. Tendría que investigar al respecto.

Al final coges de todo como si no hubiera un mañana, porque tal y como está la cosa lo de que no haya un mañana puede ser literal. Es como vivir una película. Es tal el shock que parece como si todo esto no estuviera pasando. Pero pasa. Y llego a la caja y empiezo a descargar toda mi mercancía… No pasa nada, llevo carrito Carmen. El de las descargas eléctricas.

La cajera me mira y me dice: ¿No querrás meter todo esto ahí no?

Redimensiono y contesto: no… dame unas cuantas bolsas.

Insiste: llévate un carro de estos (los antiguos de metal) Y ya lo devuelves porque me parece que llenas los dos.

Efectivamente. El carro de hierro a tope, el carrito rebosando y yo tirando de los dos. Cada uno en una mano. Salgo y estaba lloviendo a cántaros, los guantes empiezan a llenarse de agua, hay bajadita, los carros toman direcciones distintas, el de hierro sale disparado y atropello a la chica que pide en la puerta, llevándose por delante antes a otra señora con una bolsa. La bolsa cae en un charco. La señora coge la bolsa tiñosa y mojada y se va diciendo, ahora le paso la lejía tranquila.

Hago cuentas y llego a la conclusión de que para dos carros, se necesitan dos personas. Saco el teléfono, intento llamar a mi marido para que baje a ayudarme. Tardo horas en marcar, se moja el teléfono, los guantes resbalan. Comunica. Lo intento tres veces. Al final coge, pero se tiene que vestir. Su outfit estos días es pijama y batín, digan lo que digan los expertos. Decido no esperar. Cojo un carro, adelanto unos pasos y vuelvo a por el siguiente… No hay nadie por la calle que me ayude porque LLUEVE FUERTE Y ESTAMOS EN ESTADO DE ALARMA. En las rampas los cojo a la vez y me deslizo, así hasta llegar a mi portal… Y entonces veo a mi marido saliendo. Me rescata a un metro de mi casa.

FIN

La entrada de individuos, compra y desinfección para otro momento.