Una de las noticias más comentadas en los portales que se hacen eco de la llamada prensa del corazón, está siendo la trifulca tuitera en la que se vieron inmersos Antonio Burgos y Eva González. El primero mediante un tuit catalogó de ” mamarracho y azabache ” el terno goyesco lucido por Cayetano Rivera durante la celebración de la legendaria corrida de toros de Ronda que siempre se convierte en un acontecimieto. Cita de la cual siempre he mantenido que todo buen aficionado a los toros que se precie debería ser testigo por lo menos una vez en la vida. Yo mismo hice lo propio hace justo tres años para presenciar la encerrona de Morante de la Puebla, además en lo personal huelga decir que el componente marcadamente social que caracteriza a las citas señaladas del calendario taurino fue un factor determinante.

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Mientras tanto Eva González, no sabemos si movida  por su ego artístico, ya que la supuesta ” mamarrachada ” en cuestión fue creación suya, o por el contrario debido a su ferviente pasión hacia el diestro con el que contrajo matrimonio hace escasamente un año, recriminó con justificada indignación tan desafortunada apreciación.

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Lejos de vibrar por el dominio del arte epistolar y la genialidad léxica de ambos, me ha trasladado a aquellos oscuros años en los que sumido bajo una inconsciencia que insultaba a las inteligencias más elementales, me dedicaba a marchitar y derrochar la flor de mi adolescencia entre el polvo del albero y la permanente censura por parte de unos señores cuya monstruosidad evocaban a los mismísimos Cíclopes.

Me refiero a mis años de novillero y escuela taurina en los cuales a pesar del tiempo perdido también hubo episodios divertidos, como consecuencia de la personalísima concepción de la tauromaquia y posterior interpretación que yo prodigaba en medio de ese inmenso océano de la mediocridad, como tan bien representaba aquel entorno.

Era mi particular desafío ante semejante panorama, y sobre todo mi compromiso con el arte. ¡ El arte !, esa excelencia que junto con la ciencia ( estando ésta última al servicio de la primera ), nos diferencia de las demás especies animales y  nos realiza por antonomasia como personas. Nunca me ha interesado tratar con señores que fundamentan sus días es sus meras necesidades fisiológicas, antes de ello me limitaría a dirigirme a un zoológico y contemplar a los gorilas, pues equivaldría a lo mismo, salvo por la diferencia de que evitaría escuchar palabras vacías.

Dicho esto, se pueden imaginar queridos lectores que cuando me presentaba en las novilladas para noveles con el icónico traje de corto rosa, ( realmente era un mil rayas de rojos y blancos ), y desplegaba toda esa escenografía de cuidadosa apostura y andares ralentizados, las reacciones de toda índole se sucedían. El público en términos generales lo aclamaba, pero una gran mayoría de profesionales lo maldecían con desesperación. Y es que siempre lo he dicho, “no hay mayor insulto para el hombre vulgar que una obra de arte, porque para éstos la magnanimidad de las bellas artes representa el espejo que refleja sus propias vergüenzas”.

Así tan pronto me convertí en la mofa y hazmerreír de los que predicaban en aras de la ortodoxia,- lo que lejos de afligirme era francamente alentador habida cuenta del mal gusto y nula creatividad manifiesta de los mismos- , como en el protagonista de las fantasías sexuales de sus mujeres.

Y es que, ¿ si el color de mis trajes hubiese sido más oscuro y el de mi piel más claro hubiese recibido un trato más favorable ?. Muchos han mantenido sin atreverse a reconocerlo públicamente que sí.

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El mundo del toro es en sus cloacas y lejos de los claveles de las solapas de un Domingo de Resurrección en la Real Maestranza, una compleja paradoja en si misma. De una riqueza cultural, artística e histórica incuestionables, parece lamentable que viva encarcelado en su propio gueto, pero parte de la resposabilidad es de muchos de sus integrantes y sus zafias interpretaciones de la ortodoxia y la tradición en un mundo de constante evolución como el nuestro, lo que provoca forzosamente un distanciamiento abismal con la sociedad.

Sírvase de ejemplo el visceral rechazo del señor Burgos ante un hecho que lo único que puede es beneficiar a un colectivo tan cuestionado a día de hoy, y abrirle las puertas del tenebroso gueto, dotando al espectáculo de una proyección adicional. Que Eva González le diseñe un traje  a Cayetano para torear la goyesca  como ya ocurrió con Giorgio Armani, es de una trascendencia y una publicidad magnífica en unos momentos tan críticos como por los que ahora mismo está pasando la Fiesta Nacional.

Por lo tanto no se preocupe maestro Rivera Ordoñez, yo también brillé de ” mamarracho y oro”…