En los albores del entretenimiento, antes de que naciera Netflix como el gigante del consumo de series en vena, (También Hulu, HBO, Movistar+ y un sinfín), para seguir humildemente una serie, había que esperar una semana (¡UNA SEMANA!) hasta ver el siguiente capítulo de tu serie favorita; con toda una construcción hacia el final del episodio que te dejaba con el gancho y las ansias de saber qué pasaba después. Y con eso nos conformábamos: con esperar una larga y tediosa semana, con convertirte en un zombi ante los cambios de horario intempestivo que tu serie podía sufrir, (patología que todavía sigue afectando a desafortunadas series), o simplemente perdiéndote el capítulo que anhelabas, por vete tu a saber qué.

Ahora consumimos temporadas en dos días, o menos si apuramos, y si después hay que esperar un año para la continuación, ya nos basta con engancharnos a 40 o 50 series más, que entre tanto, se ameniza la espera.

El caso es que no nos damos cuenta, pero todo evoluciona, todo va a más. El poder de nuestro dispositivo móvil de ahora, está muy por encima de nosotros mismos y nuestro control.  (todo evoluciona, a excepción de un formato que se ha quedado estancado con el único propósito de no evolucionar más: los programas de nochevieja, estos mantienen una petulancia intacta).

La tecnología nos abruma, nos noquea, nos infla el ego, nos idiotiza, nos hace vagos, antipáticos, nos deshumaniza o nos acerca a un punto muy lejano. Efectos negativos, contrarrestan con efectos muy positivos. El problema seguimos siendo nosotros mismos. Somos un reflejo, espectadores, consumidores, visualizamos todas estas variaciones a través de la pantalla: vemos a gran escala, esta tecnología futurista , estos cambios en la sociedad, en un sinfín de series y películas. No percibimos, simplemente, que nosostros también cambiamos, y no sabemos si para bien o para mal.