El concierto de Mikel Izal levantó al Roig Arena

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Hay pocos artistas capaces de levantar un recinto como el Roig Arena. Y Mikel Izal lo hizo el sábado 31 de enero. Salió al escenario visiblemente emocionado, exponiéndose de una manera que pocas veces hemos visto, hablando con un público entregado como si de un amigo se tratara, mirándolo a los ojos, agradeciendo cada aplauso. Desde el primer minuto se respiraba una conexión especial, de esas que solo se dan cuando artista y audiencia laten al mismo ritmo.

A través de cuatro capítulos en los que explora temas como el miedo, la necesidad de gritar, la fe o esa promesa de paraíso, hizo un viaje emocional en el que mostró su mejor versión. Un recorrido honesto, sin artificios, en el que cada canción encontraba su lugar y su sentido dentro de un relato mayor.

Comenzó por El miedo, uno de los temas de su disco El miedo y el paraíso, para dar paso a un recorrido perfectamente equilibrado entre los éxitos del que definió como “el mayor proyecto de su vida”, Izal, y los de su último trabajo en solitario. Así, el público asistente —diverso, entregado y con varias generaciones compartiendo letras— se desató con Magia y efectos especiales, Qué bien, Copacabana o El baile, recordando con nostalgia canciones que ya forman parte de su historia personal y colectiva.

Uno de los momentos más especiales llegó con la pausa que hizo —y no solo al interpretar el tema del mismo nombre— hacia el ecuador del concierto, para recuperar cuatro de sus primeros trabajos, compuestos al inicio de su carrera, cuando empezaba con Izal. El escenario se transformó entonces en un rincón acogedor, casi doméstico, emulando aquellas salas pequeñas que los vieron nacer. Un instante íntimo y cercano que sus seguidores más fieles vivieron con especial intensidad, en un silencio casi reverencial.

La música en directo tiene algo que eriza la piel, que hace que hagas tuyos temas que se convierten en míticos. Y eso es lo que ocurre siempre que suena Pequeña gran revolución, una suerte de himno que provoca lágrimas en los ojos y un cosquilleo inevitable en el cuerpo, coreado de principio a fin por un público completamente entregado.

El final del espectáculo fue el éxtasis perfecto. Arrancó con La mujer de verde, que no necesita presentación y que, desde los primeros acordes, desata una emoción indescriptible en el recinto, para terminar con Paraíso, el tema más vitoreado de su nuevo disco y el cierre ideal de una despedida de gira a la altura de un escenario —y de un público— con la calidad del Roig Arena.

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