Javier Castillo: “Vivimos la vida de puntillas, y tenemos que estar más presentes”

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Javier Castillo no escribe solo para atrapar al lector con un giro inesperado: escribe para sacudir conciencias. En su nueva novela, El Susurro del Fuego, el autor vuelve a usar el thriller como vehículo para hablar. De la vida, del miedo a vivirla de puntillas y de la necesidad de estar presentes antes de que sea demasiado tarde. En esta conversación reflexiva y cercana, Castillo habla de las inquietudes que le empujan a escribir, del valor de la emoción, del oficio de narrar sin etiquetas y de esa llama interior que, como sus personajes, todos tenemos y que a veces olvidamos encender.

Javier, en tus novelas hay thriller, pero también mucha carga emocional. ¿Por qué esa mezcla?

Siempre digo que el thriller es la excusa. Es un género que te permite atrapar al lector desde la primera página, generar fascinación y curiosidad, y a partir de ahí hablar de lo que realmente te importa. Yo utilizo el thriller para hablar de emociones, de heridas, de miedos y de temas que nos afectan a todos como sociedad.

¿Cómo surgen los temas que abordas en cada libro?

Suelen nacer de inquietudes personales. De repente hay algo que me preocupa, algo que empiezo a ver repetirse en la gente de mi entorno, en amigos, en conversaciones. Son temas comunes que nos van golpeando a todos y que, muchas veces, pasan desapercibidos. En ese momento pienso: “De esto quiero hablar”.

En La chica de nieve había una crítica muy clara al periodismo sensacionalista.

Sí, ese libro nace de una preocupación muy concreta. Ya en 2019 me inquietaba mucho la deriva del periodismo hacia la noticia rápida, el morbo y el espectáculo. El caso del pequeño Julen en Málaga fue un punto de inflexión para mí: me impactó ver cómo una tragedia se convertía en un show mediático. Quise escribir una historia que reivindicara el periodismo que busca la verdad y que informa con responsabilidad.

Tu nueva novela, El susurro del fuego, tiene un mensaje muy vital. ¿Qué te movía esta vez?

Lo que me inquietaba era ver a la gente cada vez más apagada. Vivimos la vida de puntillas: no estamos presentes en el trabajo, ni en casa, ni con los amigos. Estamos siempre pensando en otra cosa, mirando el móvil, anticipando lo que viene después. Quería escribir una novela que nos invitara a estar presentes, a saborear la vida, a hacer las cosas con pasión.

Hablas mucho de vivir el presente intensamente.

Porque no sabemos cuándo se acaba la vida. Asumimos que vamos a estar siempre, y no es así. Para mí el truco está en planificar la vida como si fueras a vivir para siempre, pero actuar cada día como si te fueras a morir mañana. Preguntarte: “¿Es esto lo que quiero hacer hoy?”. Y si no, dedicar al menos cinco minutos a trabajar por ese sueño. Decir “te quiero”, dar un beso, dedicar tiempo a lo que realmente importa.

La gracia está ahí: Siempre digo que hay dos tipos de personas: las que saltan la hoguera en San Juan y las que no. Y la vida va de saltar la hoguera. No de arriesgarte innecesariamente, pero sí de vivir el presente y disfrutarlo. Mancharte los pies, despeinarte, vivir.

¿Buscas que el lector interiorice ese mensaje sin necesidad de vivir una tragedia?

Exactamente. Ojalá no haga falta que la vida nos pare de golpe para darnos cuenta de lo importante que es estar vivo. Me gustaría que el lector lo viviera a través de los personajes y se lo llevara a su propia vida.

Tus personajes resultan muy humanos y cercanos. ¿Cómo los construyes?

Empiezo con una idea muy abstracta, con una nube muy básica. En este caso tenía muy claro que uno de los personajes tenía la llama interior apagada y el otro la tenía completamente encendida. A partir de ahí voy dándoles forma: dónde viven, a qué se dedican, cómo miran el mundo. La psicología surge durante la escritura, no está cerrada desde el principio.

¿Planificas mucho antes de ponerte a escribir? Leí en una entrevista que usas mucho el Excel.

(se ríe) Sï, planifico muchísimo. Trabajo con pizarras, postits y luego efectivamente paso todo a Excel. Cada escena acaba siendo una celda con mucho detalle. Antes de escribir necesito ver la historia completa, saber qué pasa en cada capítulo y, sobre todo, qué emoción quiero transmitir.

Y ¿cómo es tu proceso de documentación?

Es algo obsesiva. Todo lo que aparece en la novela existe o está basado en la realidad. Viajo a los lugares, recorro los escenarios, investigo negocios, rutas, paisajes. Y cuando no puedo estar físicamente, busco vídeos, blogs, Street View… Necesito que el lector sienta que está allí.

¿Cuándo sabes que un libro está terminado?

El día que va a imprenta. Incluso ese mismo día, a veces, he cambiado cosas. Si no hubiera fecha límite, cambiaría el libro indefinidamente. Siempre hay algo que mejorar.

Te llaman el mago de los bestsellers o el maestro del thriller español. ¿Cómo gestionas esas etiquetas?

Agradezco el cariño, pero agacho la cabeza y sigo escribiendo. Las etiquetas pueden ser peligrosas porque te limitan. Si te las crees, te encorsetan. Yo quiero tener libertad para escribir lo que me apetezca en cada momento, y solo quiero mejorar mi trabajo anterior. Intento que mi nivel de satisfacción dependa de lo que yo creo que he hecho, no de lo que digan de mí.

¿Has sentido en algún momento el síndrome del impostor? ¿Cómo lo vences?

Claro que sí. Y creo que no se vence pensando en él, sino trabajando. Pensar en lo que pasará después de publicar inmoviliza. Mi trabajo es escribir. Todo lo demás está fuera de mi control, y aceptar eso te da mucha libertad.

¿Cuándo te sentiste realmente escritor?

Cuando empecé a ganarme la vida al cien por cien escribiendo, aunque fue un proceso, no un momento exacto. Incluso entonces tardé en asimilarlo. Yo venía del mundo de las finanzas y ese cambio no se asimila de un día para otro. Aun así, sigo escribiendo por pasión.

Se han adaptado dos de tus novelas a series de televisión, La chica de nieve y, recientemente, El cuco de cristal ¿piensas en las adaptaciones audiovisuales cuando escribes?

Nunca. Mi objetivo es escribir el mejor libro posible. Si la historia necesita que explote un edificio o se estrelle un avión, lo hago. La adaptación, si llega, es otra cosa y otro lenguaje.

Para ti, ¿qué debe tener un buen thriller?

Un misterio relevante, personajes únicos y la sensación de que puede haber justicia. No tiene por qué llegar, pero el lector necesita esa esperanza.

¿Crees que estamos en un buen momento literario?

Sí. Se lee más que nunca, sobre todo entre la gente joven. Gracias a las redes y algunas plataformas han surgido nuevos lectores y nuevas voces. Creo que el valle está en nuestra generación, asfixiada por el trabajo y la falta de tiempo. Pero están surgiendo libros únicos, con voz propia, y eso es lo más bonito.

¿Recuerdas tu primera firma? ¿Y tu primer Sant Jordi?

Perfectamente. El primer libro que firmé fue El día que se perdió la cordura en Málaga. Fue la primera persona a la que vi comprando mi libro en una librería. Me quedé alucinado, y le dije, “mira, ese libro lo he escrito yo y me encantaría firmártelo”. Recuerdo hasta su nombre, Mati, y ha venido a varias firmas mías después. Lo recuerdo con muchísimo cariño. Sant Jordi es una locura, es precioso lo que simboliza. Me parece increíble como toda una sociedad se une en torno a los libros, la bondad, el cariño, el amor y se ha puesto a los libros en el centro.

Javier ¿qué libro te hubiera gustado escribir, y con qué personaje tuyo te sentarías a tomar un café?

Ufff (se ríe). Me hubiese gustado escribir Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson. Me parece una auténtica masterclass de lo que debe ser un thriller. Cada vez que lo releo sigo pensando lo mismo: es una locura. Y tomarme un café, probablemente con Jacob, de El día que se perdió la locura. Es un personaje completamente atormentado, y seria una conversación espectacular.

¿Y qué le dirías a ese Javier que escribió sobre él mientras lo hacía?

Que se dejara llevar, que siguiera así, sin muchas expectativas de nada. Le diría “sigue haciendo lo que haces y prepárate porque vas a flipar de todo lo que va a pasar”.

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