Mi hija hoy me ha explicado sus sueños y me ha preguntado cuáles eran los míos. Lo primero que he pensado es ¡Madre mía qué despropósito! En pocas palabras ella se ve rodeada de todo tipo de animales, en una casa donde vivirá con sus primos en plan comuna y todos serán millonarios por la gracia de Dios. Pues eso 10 años.

Después he recordado que a su edad yo quería lo mismo y he pensado en lo mucho que van cambiando nuestros deseos con los años; y cómo los sueños se convierten en realidades no tan ideales.

El yo veinteañero, por ejemplo, soñaba con ser periodista deportiva, trabajar en la tele y codearse con los ídolos del fútbol, conducir el descapotable de James Bond, que tenía el Piojo López, escribir y pasarlo bien con mis amigos.

Y en parte así pasó. Fui becaria en un programa deportivo, lo pasé genial, conocí a futbolistas, cubrí todos los partidos, viví la mini adrenalina de la TV (local)… Sin embargo, el sueño se había convertido en una realidad cotidiana, sin más. Los futbolistas de cerca y sin balón no eran para tanto y tampoco yo soy Sara Carbonero, para qué nos vamos a engañar. Los partidos se viven mejor si no tienes que minutar cada jugada y no estaba segura de querer llegar a mi casa a la 1 de la madrugada forever. Así que al ofrecerme un puesto ya de verdad, decidí buscar sueños nuevos.

Del tema coche ya ni hablamos. De sueño ha pasado a pesadilla.
Cada uno lleva la crisis de los 40 como buenamente puede y el cabeza de familia (por decir algo) decidió aplacar sus frustraciones, comprando mi coche ideal (que es el suyo también) a destiempo. Como consecuencia he tenido que deshacerme de mi pequeño Hyundai, mi cafecito amado, para meter en el garaje un viejo descapotable biplaza QUE NO USAMOS PORQUE SOMOS CUATRO, pequeño detalle sin importancia.

De la lista de los 20, lo único que sigue teniendo sentido es escribir y pasarlo bien con los amigos. Pues a focalizarse en lo importante, y cuando lo sabes… A por ello.