Esta semana hemos dejado a los niños en el colegio por primera vez desde el mes de marzo. No veía el momento para qué os voy a mentir.

Como siempre en la puerta había de todo: despreocupados como si el virus no fuera con ellos, exagerados a 4 metros y medio…

Lo que me ha dejado de piedra es una chica llevando a una señora muy mayor en silla de ruedas. No contenta con eso, cuando ha salido la criatura del cole la ha animado a darle un abrazo, un beso y ‘la manita’ a la abuela. ¿Será precís? ¡Que acaba de salir del colegio señora! Que es un niñ@ pequeñ@, en contacto con muchos más.

Igual es un plan macabro para acabar con la ancianita, porque la otra explicación es que somos muy lerdos y prefiero decantarme por la hipótesis del homicidio.

Visto lo visto, los peques tienen mucha más cabeza. Han interiorizado perfectamente la situación. La llevan estupendamente, sin dramas, pero con responsabilidad. Y mira que no es fácil.

Ahora su clase se ha dividido. Sólo se relacionan de lejos y siempre con los mismos, tienen circuitos de colores para entrar y salir, llevan mascarilla; y no les he oído quejarse ni una vez.

En cambio, los adultos no paramos de lamentarnos, protestamos por llevar ‘bozal’, por no poder fumar, por tener restricciones…

Una vez más, como siempre, aprendamos de l@s niñ@s