Manuel Vilas es un escritor que ha transformado su experiencia personal en literatura de gran intensidad. Con una gran carrera marcada por la reflexión sobre la existencia y las emociones humanas, Vilas aborda en su última novela el amor, la pérdida y la transformación de un matrimonio en una amistad. Pasando por la soledad que acompaña la pérdida, Isalandia, con sus glaciares, volcanes y auroras boreales, se convierte en un territorio emocional donde los protagonistas enfrentan su ruptura a la vez que descubren la belleza sanadora de la naturaleza.
¿Por qué Islandia? ¿Qué tiene ese lugar que encaja con el final de una historia de amor?
En la novela los dos protagonistas contratan en mayo un crucero para sus vacaciones de verano, un crucero a Islandia que no es precisamente barato, lo curioso es que, al día siguiente de pagarlo, ella le dice: “Ya no estoy enamorada de ti”. Entonces, de repente, ese viaje queda en suspensión. Surge la pregunta: ¿qué hacemos ahora con el crucero? Y, en general, ¿qué pasa con todos los planes que forman parte de cualquier relación amorosa? De pronto, todo se viene abajo. Eso genera una distorsión muy grande en la vida práctica de las personas.
Pero, finalmente, sí hacen el crucero. Solo que ya no van como marido y mujer, sino como amigos. Y la novela narra precisamente ese tránsito: del amor matrimonial al amor de la amistad. En ese sentido, Islandia funciona como un territorio emocional desconocido para ellos, el país de la amistad. El título también juega con una idea casi utópica: la posibilidad de que, después de una ruptura, el amor romántico puede transformarse en otra forma de amor, en este caso, la amistad.
Islandia es un país de contrastes extremos —glaciares, volcanes, auroras boreales— más allá del escenario geográfico, ¿qué papel juegan estos paisajes en la construcción emocional del libro?
Bueno, ellos, ante ese paisaje extraordinario de Islandia, quedan profundamente enamorados de la naturaleza. Y ese enamoramiento, de alguna manera, les señala un camino a seguir. Es como si la propia naturaleza les dijera que la belleza y el amor van de la mano, que pueden seguir amándose, pero de otra forma.
La belleza de la naturaleza tiene algo muy sanador. Para ellos dos, que acaban de dejar de ser marido y mujer, el contacto con ese país resulta transformador. En mi caso, además, es una novela autobiográfica y ese viaje lo he hecho: me quedé absolutamente maravillado. Hay algo muy particular en Islandia, y es la sensación de estar asistiendo a la creación de la Tierra. Es casi una experiencia geológica. Están esas placas tectónicas que separan el continente europeo del americano, y es como si estuvieras ante algo cósmico, ante el nacimiento de un planeta.
Además, no hay apenas gente, ni grandes ciudades, ni ruido. Todo eso te da un aliento especial, te despierta ganas de vivir y también de reorientar tu propia vida. Al final, te das cuenta de que la vida es maravillosa y de que muchos de los problemas en los que nos per- demos quedan reducidos frente a una belleza tan imponente.

En el libro habla de la “soledad no elegida”. ¿Cree que la sociedad actual sigue teniendo dificultades para enseñar a los hombres a gestionar sus emociones y su vulnerabilidad?
Sí, mucha. Todavía vivimos en una especie de identificación socio- lógica que no es nada saludable: la de igualar soledad con fracaso. Cuando la soledad no es elegida, y además la castigamos socialmente, se vuelve todavía más dura. Por ejemplo, cuando alguien llega a la vejez sin pareja, enseguida aparece ese juicio: “será que no le aguantaba nadie”, “tendrá un carácter difícil”… Y no. No deberíamos estigmatizar eso. Es una opción más en la vida, tan válida como cualquier otra.
Además, es una opción que está creciendo. Cada vez hay más gente que piensa que, para vivir según qué tipo de matrimonio o de relación, prefiere quedarse sola. Porque la soledad, bien entendida, también puede estar muy bien. Quizá habría que darle la vuelta y preguntarnos qué tipo de relaciones estamos normalizando. Hay parejas que ya no tienen nada que decirse y siguen juntas por interés, por seguridad o por miedo a dar el paso de separarse. A lo mejor, en ese sentido, deberíamos cuestionar más esos modelos que la propia soledad.
También menciona que muchos hombres salen emocionalmente dañados de determinados modelos educativos y sociales. ¿Considera que aún no sabemos acompañar la fragilidad masculina sin estigmatizarla?
Hay que tener en cuenta que yo creo que he sido víctima de una educación. A mí no me educaron de una manera consciente o moderna, sino con los valores que había en aquel momento. Tengo 63 años, soy de otra generación. Lo que sí he hecho es reeducarme. Pero esa labor no es nada fácil. El peso del judeocristianismo y de la España en la que crecí, por ejemplo, con esa idea constante de la culpa, es algo muy difícil de quitarse de encima. No hay psiquiatra que lo borre del todo.
Hay cosas que, cuando tienes siete, ocho o nueve años, se te graban a fuego. Por eso la educación es tan importante. Recibir una educación moderna marca la diferencia, y yo no la tuve. Recibí una educación muy distinta. Recuerdo, por ejemplo, que en mi primera comunión mi gran obsesión era no morder la hostia. Ese tipo de miedos, de supersticiones, reflejan un subdesarrollo emocional evidente.
De todo eso, los hombres de mi generación somos, en gran medida, víctimas. Luego, con la vida, con los libros, con la cultura, vas corrigiendo esa educación sentimental. Pero no todo el mundo ha tenido esa oportunidad. Hay muchos hombres de mi edad que no pudieron acceder a estudios superiores y que, en gran medida, se han quedado con esos valores.
¿Considera que la soledad es uno de los mayores miedos del ser humano?
Para mí sí. A mí la soledad me da mucho miedo. También es verdad que, en parte, es un miedo primitivo. Creo que tiene que ver con el origen mismo del ser humano, con la construcción de las primeras tribus. Cuando aparece el Homo sapiens, lo primero que hace es organizarse en grupos, en comunidades pequeñas de unas 25 o 30 personas. Ahí ya está muy presente esa idea de que el ser humano es, por naturaleza, social. No estamos diseñados genética- mente para la soledad. Por eso, de alguna manera, ese miedo sigue acompañándonos desde la prehistoria hasta hoy.

¿Cuál fue el momento más difícil durante la escritura del libro?
Lo más difícil fue decidir qué contar y qué no. En una novela con inspiración autobiográfica como esta, hay que afinar mucho en ese sentido, acertar con los límites. Saber qué partes de tu vida pueden formar parte de la historia y cuáles es mejor dejar fuera es, sin duda, lo más complicado del proceso.
¿Ha habido momentos en los que escribir se volvió más un castigo que un consuelo?
No, esta novela fue para mí una auténtica terapia maravillosa. Mientras la escribía, el dolor por la separación de mi mujer desaparecía. De hecho, ella misma me veía escribir y me animaba; me decía: “Estás mejor cuando escribes”. La novela está escrita en tres meses, y me daba auténticas palizas de escritura, porque era como un analgésico potentísimo. Escribir me aliviaba. Así que no, no fue un castigo en absoluto. Al contrario, fue algo maravilloso en el sentido de que me dolía menos. Cuando dejaba de escribir, el dolor volvía. Era como estar enganchado a la propia novela, casi como quien depende de un Valium o de una benzodiacepina.
El libro está lleno de honestidad y vulnerabilidad. ¿Ha sentido en algún momento miedo a exponerse demasiado o incluso a arrepentirse de haber contado esta historia?
Sí, sí. De hecho, a veces, por las mañanas, todavía me despierto con ataques de pánico. Me entra de repente una especie de angustia y pienso: “No debería haberla publicado”
Luego, cuando me levanto y tomo el primer café, esa sensación desaparece. Pero sí, confieso que en ocasiones pienso que igual no debería haberlo hecho. Son cuestiones muy personales, demonios interiores que uno carga consigo.
Si pudiera hablar con el Manuel Vilas que estaba al comienzo de esta historia, ¿qué se diría ahora con la distancia que ofrecen el tiempo y la escritura?
Es una pregunta muy buena y, al mismo tiempo, complicada. Tal vez le diría que no escribiera la novela. Es una persona distinta, no sé exactamente qué le diría, pero sí sé que le diría algo.
Mirando hacia atrás, ¿hay algo que haría distinto si volviera a escribir el libro?
Sí, creo que hay cosas que ahora no habría contado. Pero también entiendo que me moví como pude en ese momento. Sabía que si no escribía la novela de manera casi simultánea al divorcio, casi como un procedimiento urgente, por decirlo de forma administrativa, la novela no habría existido. Si hubiera dejado reposar ese momento, habría escrito otra historia distinta.
















