Ya está. Decidido. Ahora sí. Me quito del dulce y me pongo a hacer ejercicio. No es porque me pregunten cada dos por tres si voy a por el tercero, ni porque me recuerden cada tres, catorce dieciséis (un número infinito) que soy más redonda que antes.

Los recurrentes clásicos ‘¿Estás embarazada?’ O ‘con lo delgadita que eras’, me han resbalado bastante durante años. Mis ‘nocimeriendas’ y sopitas con leche estaban por encima de eso.

Esta sociedad está enferma cuando considera gorda a alguien de la talla 40, o 42. Es cierto que los veranos jalones y los dos kilos de pechonalidad, de ‘a kilo’ cada una clínicamente probado, no estilizan nada. Aún así, me resisto a ser esclava de la báscula.

La decisión la tomo yo, cuando y porque quiero. Ahora y porque me lo pide el cuerpo, tras el sedentario ‘esguince summertime’.

El detonante ha sido una foto disparada por mi madre, que me ha atravesado el alma. Un posado robado en bañador y que ilustra el post, hasta donde puedo enseñar. Una instantánea a traición que me ha hecho reflexionar. Algo hay que hacer, porque esa tampoco soy yo.

Así que para concienciarme me he puesto la foto oronda acompañada de la frase: ‘Nuri no comas, corre’, donde más veces miro al día: la pantalla del móvil. Sería muy bonito (e incómodo para ellos) decir que es la carita de mis hijos, que también. Pero creo que el teléfono es buena opción.  A ver si resulta.