El día que cumplía siete años, a Mireia le diagnosticaron un sarcoma de Ewing avanzado. Aquel punto de partida, lejos de definirla por la pérdida, marcó el inicio de la mujer que es hoy: una luchadora sin tregua, con una mentalidad competitiva que hoy traslada al surf adaptado.
Con una prótesis como aliada técnica y una ambición sin complejos, estructura su vida en torno al alto rendimiento y fija un objetivo claro: pelear por el oro mundial mientras impulsa el crecimiento del surf adaptado desde Valencia.
“El surf encaja conmigo porque es imprevisible, como la vida. No puedes controlar la ola, pero sí cómo te colocas”
Mireia, eres todo un ejemplo de superación, cuéntanos tu historia y cómo has llegado a convertirte en la mujer que eres hoy.
Mi historia empieza un 7 de febrero, el día que cumplía 7 años. Yo estaba tan feliz con mi cumpleaños… y llevaba ya seis meses con un dolor de pierna que nadie terminaba de entender.
Ese mismo día acabé en el hospital. Me hicieron una biopsia y al principio no salió nada, pero a los pocos días volví a ingresar y ahí llegó el diagnóstico: cáncer. Un sarcoma de Ewing bastante avanzado.
Recuerdo que a mis padres prácticamente no les dieron esperanzas de vida. Imagínate… con 7 años y escuchando algo así a tu alrededor. Yo solo pensaba en que no quería dejar a mi hermana sola. Fue un golpe durísimo. Pero también fue el momento en el que, sin saberlo, empezó a forjarse la mujer que soy hoy.
Ahí la vida me puso delante dos opciones muy claras: rendirme y aceptar que todo estaba perdido, o agarrarme a la actitud, luchar y apostar fuerte por la vida. Y yo siempre digo que no elegí sobrevivir… elegí vivir. Vivir con ganas, con intensidad y con carácter.
La enfermedad me cambió la vida, sí. Perdí mi pierna izquierda, pasé por tratamientos muy duros, pero también gané algo muchísimo más grande: una mentalidad. Aprendí que no siempre podemos elegir lo que nos pasa, pero sí cómo lo afrontamos. Y desde entonces decidí que cada “no puedes” que escuchara lo iba a convertir en un “no ni ná”. Y por el momento no se me está dando nada mal, jaja.
Hoy soy la mujer que soy gracias a todo eso. Fuerte, sí, pero también divertida, soñadora, valiente… y sobre todo muy viva. Adoro vivir al límite y con adrenalina. Algo me enseñó aquel 7 de febrero es que la vida es un regalo y que estamos aquí para exprimirla al máximo.
¿Cómo te definirías hoy como deportista y persona?
Hoy me definiría como una persona que vive para retarse. Literal. No soporto la monotonía. Necesito sentir que estoy al límite, que hay algo que me pone a prueba, que me hace dudar un poco… porque ahí es donde más crezco. Y te digo una cosa: todavía no he encontrado mis límites. Y eso me flipa.
Me encanta buscar lo difícil. Cuanto más complicado parece algo, más me activa. Si me dicen “esto es muy duro”, automáticamente mi cabeza hace: “perfecto, vamos”. Está claro que, a veces necesito ayuda y muchas otras tengo que adaptar las cosas, los procesos o los materiales. Pero lo importante no es cómo lo hago, sino que lo hago. Y lo consigo. Y muchas veces, de paso, callo unas cuantas bocas y eso me encanta, jajaja.
Como deportista soy constante, cabezota (para bien y para mal), disciplinada y muy competitiva conmigo misma. No compito con los demás, compito con la Mireia de ayer. Y casi siempre intento ganarle.
Y como persona… soy pura energía. Súper alegre, muy resiliente, de las que se caen y se levantan rápido. Tengo muchísimo sentido del humor, incluso con lo que me ha pasado en la vida. Porque creo que reírte de tus propias cicatrices es una forma brutal de poder.
Soy intensa para vivir, para entrenar y para soñar. Y tengo algo muy claro: la vida no está para pasar por ella de puntillas. Está para ir a por todas. Y yo, en eso, no negocio.
¿Qué has aprendido de la adversidad que hoy puedes aplicar directamente en la competición?
La adversidad me ha enseñado que el cuerpo aguanta muchísimo… pero la cabeza lo es todo. En la competición, como en la vida, no gana siempre el más fuerte, gana el que mejor gestiona lo que le pasa por dentro.
He aprendido que perder los nervios no sirve de nada. Y que los mejores resultados aparecen cuando más disfruto. Que cuando algo se tuerce o cuesta, lo importante es respirar, pensar y decidir bien el siguiente paso. La estrategia vale más que la impulsividad. Y eso lo aprendí muy pequeña: cuando estás en una situación límite, no puedes permitirte entrar en pánico. Tienes que colocarte mentalmente y actuar.
También he aprendido el valor del esfuerzo de verdad. Del que no se ve. Del que haces cuando nadie está mirando. Porque al final la competición no empieza el día de la prueba, empieza mucho antes, en todos esos días en los que decides no rendirte aunque estés cansada, en irte a entrenar a las 6 de la mañana cuando todos duermen, en seguir cuando estás frustrada o dudando… y en no dejar de intentarlo.
En resumen: cabeza fría, corazón caliente y estrategia clara. Y cuando todo aprieta… sonrisa y a por ello.
¿Qué te atrajo del surf y cómo encaja este deporte con tu manera de entender el rendimiento y la vida activa?
El surf me llamó la atención desde pequeña. Mi madre es de la zona de Las Landas (en Francia). Yo veía vídeos, fotos, esa sensación de libertad encima de una ola… y pensaba: “qué pasada”.
Pero claro, siendo del Mediterráneo y con una pierna ortopédica, no era precisamente el camino más fácil. No tenía ningún referente cercano con prótesis que me dijera: “oye, se puede”. Así que lo soñaba… pero lo veía lejos.
Tenía amigos que surfeaban y yo hacía mis pinitos tumbada. Y oye, estaba guay, pero para mí eso no era lo que yo quería. Yo soñaba con surfear de pie. Con sentir esa ola, ese equilibrio, ese “estoy aquí arriba”. Y tardé, pero más vale tarde que nunca.
Hoy tengo otra mentalidad. Cuando cojo olas tumbada también lo disfruto muchísimo, porque he aprendido a disfrutar del proceso. Pero haber conseguido ponerme de pie sobre la tabla… eso fue un antes y un después. Y no lo hice sola, lo hice gracias a mucha gente que creyó en mí.

Ojo, que apenas me mantengo de pie ¿eh? Me queda muchísimo por aprender. Pero estoy en el camino. Y eso ya es enorme. Además acabo de terminar el curso de instructora de surf de Nivel 1 y espero ayudar a muchísima gente con discapacidad a iniciarse en este deporte.
El surf encaja conmigo porque es imprevisible, como la vida. No puedes controlar la ola, pero sí cómo te colocas. Hay días de mar perfecto y días de revolcones. Y en ambos tienes que adaptarte, leer el momento, confiar y lanzarte.
Es aventura, es libertad, es naturaleza, es paciencia y es riesgo. Exactamente como yo entiendo el rendimiento: no se trata de tenerlo todo bajo control, sino de saber fluir cuando las cosas cambian. De caerte mil veces y volver a remar. De respetar el proceso.
Y si algún día consigo más recursos para entrenar más, viajar más y llegar más alto… iré a por ello. Pero mientras tanto, cada ola que consigo surfear de pie ya es una pequeña victoria. Al final, el surf no es solo un deporte para mí. Es un estilo de vida.
“Sueño con traer a la terreta una medalla de oro a nivel mundial y si ya es en unos juegos paralímpicos ni te cuento”
¿Cuál dirías que ha sido la transformación más significativa en ti desde que empezaste a entrenar y competir en surf adaptado?
Yo creo que la transformación más grande ha sido mental. Sin duda.
Cuando empecé en el surf adaptado iba con muchísima ilusión, pero también con miedo. Miedo a no poder, a sentir dolor…
El surf me ha obligado a confiar más en mí. El control al in y al cabo no lo tengo yo casi nunca, el mar es quien manda y en mi aprendizaje soy yo la que decide cómo actual. Ha habido mucha evolución desde el principio a ahora. El surf me ha obligado también a aceptar que el progreso no es lineal. Que hay días en los que parece que retrocedes, que te caes mil veces, que no coges ni una ola buena… y darte cuenta de que esos días malos son los que más te enseñan, no es fácil.
También me ha enseñado a ser más paciente conmigo misma. Yo soy muy de ir a por todo, de querer resultados rápidos. Y el surf me ha puesto en mi sitio muchas veces. Me ha dicho: “Mireia, esto va de constancia, no de prisa”. Y esa lección ha sido brutal.
Otra transformación importante ha sido sentir que ya no estoy sola en esto. Entrar en el mundo del surf adaptado me ha conectado con personas increíbles, con historias de superación distintas a la mía, con referentes que antes no tenía. Y eso cambia mucho tu mirada.
Antes soñaba con surfear de pie. Ahora compito. Y aunque me quede muchísimo por aprender, ya no me veo como “la chica que lo intenta”, sino como una deportista más, con ambición, con objetivos y con hambre de crecer.
Creo que la mayor transformación ha sido pasar del “a ver si puedo” al “claro que puedo”.
Sueño con traer a la terreta una medalla de oro a nivel mundial y si ya es en unos juegos paralimpicos ni te cuento.
¿Cómo estructuras tú y tu equipo una temporada de entrenamiento de alto rendimiento para surf adaptado?
Ahora mismo mi temporada está dividida entre el surf y el snowboard, donde también estoy dando mis primeros pinitos. Y aunque parezcan deportes distintos, tienen muchísima transferencia: equilibrio, lectura del entorno, gestión de la velocidad, control mental… al final todo suma.
Yo entreno todo el año. Para mí no existe eso de “temporada off”. Siempre estoy trabajando físico y cabeza. Fuerza, estabilidad, propiocepción, core… todo lo que me ayude a ser más sólida encima de la tabla, sea la que sea. Y la parte mental también se entrena: visualización, gestión del miedo, concentración.
Además de que siempre estoy tratando de buscar avances y nuevas cosas que cambiar en las prótesis para mejorar el rendimiento. Veo muchos vídeos y así aprendo mucho también.

Luego dividimos el año un poco por temporadas naturales. De diciembre a marzo me centro más en el snowboard, aprovechando la nieve. Y el resto del año intento subir muchísimo a Cantabria para entrenar surf en condiciones más potentes que las del Mediterráneo. Allí es donde realmente aprieto.
Los entrenamientos los estructuramos en función del calendario de competiciones y de los objetivos que nos marcamos. Hay fases más técnicas, donde pulimos detalles concretos. Otras más físicas, donde metemos carga y resistencia. Y otras más estratégicas, donde trabajamos mangas, tiempos, toma de decisiones en el agua, etc.
Pero más allá del calendario, hay algo que no cambia: la ambición. Cada temporada tiene un objetivo claro. Y esta es ganar el oro mundial.
¿Qué aspectos técnicos del surf adaptado son los que más retos te presentan y cómo los abordas?
A nivel técnico, mi mayor reto sin duda es la prótesis. La cirugía que tengo hace que no tenga fémur y me falte parte de la cadera, y eso cambia completamente la biomecánica. Movimientos que para otra persona son automáticos, para mí requieren estrategia. Cada giro, cada cambio de peso, cada ajuste encima de la tabla está pensado.
Mi gran hándicap es la prótesis… pero también está siendo mi mayor aprendizaje.
Estamos constantemente haciendo ajustes. Cambiamos encajes, alineaciones, alturas… y cada vez que tocamos algo es casi volver a empezar. El cuerpo tiene que reaprender, el equilibrio cambia y las sensaciones también. Y eso mentalmente es exigente. Porque cuando ya empezabas a sentirte cómoda, vuelves otra vez al modo principiante.
Pero merece la pena. Porque cada pequeño avance luego se traduce en más estabilidad, más confianza y más progresión.
Y te pongo un ejemplo que para mí fue muy potente: en el curso de instructora de surf he sido la única persona con discapacidad de toda la promoción… y la que obtuvo los mejores resultados. Y eso no lo digo desde el ego, lo digo desde el orgullo del trabajo. Porque cuando algo me cuesta el doble, lo entreno el triple.
Eso también me demostró que muchas veces el límite no está en el cuerpo, sino en la expectativa que los demás —o tú misma— te pones.

Tengo la suerte enorme de tener a mi lado a Damián, mi ortopedia. Sin él no estaría cumpliendo el sueño de surfear de pie. Esto es trabajo en equipo: yo pongo la cabezonería y las ganas infinitas, y él pone la técnica y la ciencia.
Y sí, hay momentos de frustración. Días en los que pienso: “Si tumbada ya surfeaba bien, ¿por qué me complico tanto?”. Pero esa duda me dura poco. Porque yo no vine aquí a hacerlo fácil. Vine a crecer.
Así que si hay que empezar de cero diez veces más, se empieza. Porque cada vez que me pongo de pie sobre la tabla no solo estoy surfeando una ola… estoy rompiendo una barrera.
Y eso, sinceramente, no tiene precio.
En competición, ¿cuáles son tus criterios internos para evaluar una buena actuación más allá de los resultados?
Mi criterio interno es uno: el disfrute.
Si quedo la última, pero siento que he hecho una buena manga, que he tomado buenas decisiones y que he disfrutado de cada ola… salgo satisfecha. Para mí eso es una buena actuación.
En cambio, si el resultado es bueno pero no he estado conectada, no he disfrutado o siento que no he dado mi 100%, la sensación cambia completamente.
Porque al final yo compito para crecer como deportista y persona y para disfrutar del proceso. El día que pierda eso, perderé lo más importante.
Para mí una buena competición no se mide solo en puntos o medallas, se mide en actitud, en entrega y en esa sonrisa al salir del agua.
¿Qué herramientas o prácticas mentales te ayudan a rendir bajo presión y recuperarte tras una mala sesión o resultado?
A nivel más técnico, trabajo mucho la visualización. Antes de entrar al agua me imagino la manga: cómo remar, cómo colocarme, cómo levantarme, cómo girar. Mi cerebro ya ha pasado por ahí antes de que ocurra. También utilizo la respiración consciente cuando noto que me estoy acelerando. Si veo que me salgo del foco, paro, respiro profundo y me repito una palabra clave, una canción o una acción que me devuelva al presente. A veces es “calma”, otras es “fluye”. Parece simple, pero cambia completamente la toma de decisiones.
Si el campeonato se retransmite por youtube pienso en mis sobrinos casi siempre.
A nivel más personal, depende mucho del momento en el que me pille, la verdad. Hay veces que una mala sesión la gestiono en el mismo día, la analizo, hago clic mental y la convierto en reto. Y otras veces… soy humana. Y he tardado semanas en quitarme esa sensación amarga del cuerpo.
Antes me castigaba más por eso. Ahora he aprendido que el proceso emocional también forma parte del rendimiento. No siempre vas a reaccionar perfecto. Lo importante es no quedarte a vivir en la frustración.

Cuando algo sale mal, primero intento respirar y bajar revoluciones. Después analizo: ¿qué ha sido técnico? ¿qué ha sido mental? ¿qué depende de mí y qué no? Si hay algo que puedo mejorar, intento trabajar en ello y que no vuelva a ocurrir. Si no depende de mí, intento soltarlo. Pero no siempre es fácil.
También trabajo mucho el diálogo interno. No me permito hablarme mal. Me exijo, sí. Pero desde el respeto. Porque sé que rendir bajo presión no significa no sentir nervios o miedo. Significa aprender a gestionarlos.
Y tengo muchísima suerte con mi equipo. Estoy rodeada de gente maravillosa que me baja a tierra cuando dramatizo, que me recuerda lo que ya he conseguido cuando dudo y que convierte los momentos malos en aprendizajes. Eso marca la diferencia. Porque el alto rendimiento puede ser muy solitario…
Al final, una mala manga no me define. Ni una racha mala tampoco. Lo que me define es que siempre vuelvo al agua y sale mi mejor versión.
¿Cómo ves el desarrollo del surf adaptado en España y cuáles son sus principales retos técnicos y estructurales?
Creo que el surf adaptado en España está creciendo, y eso es una realidad bonita. Cada vez hay más iniciativas, más competiciones y más personas interesadas. Pero todavía queda muchísimo camino por recorrer.
Lo primero es la visibilidad. Mucha gente ni siquiera sabe que existe el surf adaptado. Y cuando no sabes que algo existe, no te lo planteas. Hay personas con discapacidad que podrían estar disfrutando del mar y ni siquiera se imaginan que es posible. Y sí, prácticamente tengas la discapacidad que tengas, hay formas de adaptarlo.
Pero la visibilidad por sí sola no basta. Hace falta formación y recursos. De nada sirve que una persona en silla de ruedas quiera surfear si las escuelas de su zona no tienen material adaptado o los monitores no saben cómo acompañar ese proceso. Ahí es donde se rompe la cadena. Es una rueda: sin formación no hay oferta, sin oferta no hay práctica, sin práctica no hay referentes… y sin referentes volvemos al inicio.
También creo que las federaciones e instituciones deberían apostar más fuerte. No solo en la parte competitiva, que es importante, sino en la base. El surf adaptado no es solo medallas. Es ocio, es inclusión, es salud mental, es terapia, es comunidad. Es dar oportunidades reales de movimiento y libertad.
Si queremos que crezca de verdad, necesitamos estructura: más formación específica, más inversión en material adaptado, más apoyo a los deportistas y más presencia en medios.
Porque talento y ganas hay. Lo que necesitamos es que el sistema acompañe.
¿Qué objetivos puntuales te has marcado para los próximos años en competición?
Tengo objetivos muy claros y muy ambiciosos.
El primero, ahora mismo, es conseguir una prótesis óptima. Una que realmente me siga el ritmo y me permita evolucionar sin estar empezando de cero cada vez que hacemos un ajuste. Siento que cuando demos con esa pieza clave, mi progresión va a ser mucho más rápida y sólida. Y estoy trabajando para eso con todo mi equipo.
A nivel competitivo, no me escondo: quiero el oro mundial. Y no quiero que sea algo puntual. Quiero consolidarme arriba, pelear cada temporada y convertirme en triplete. Quiero estabilidad en el máximo nivel, demostrar que no es casualidad, que es trabajo.
Pero hay algo que me mueve igual o más que las medallas. Quiero fomentar el surf adaptado y ayudar a que más personas con discapacidad, especialmente niñas, se atrevan a probarlo. Yo crecí sin referentes. No tuve a nadie con prótesis que me enseñara el camino. Y me encantaría que las nuevas generaciones sí lo tengan.

Y además, tengo un sueño muy claro: posicionar Valencia como un referente en la iniciación al surf adaptado. Que cuando alguien piense en empezar, piense en nuestra ciudad, que haya escuelas formadas, material adaptado, programas base y comunidad, que Valencia no solo sea Mediterráneo, sino también oportunidad.
Si consigo combinar rendimiento, títulos y abrir camino para otras personas desde mi tierra… entonces sí sentiré que estoy dejando huella.
Y voy a trabajar para que todo eso pase.
¿Qué legado te gustaría dejar en el mundo del surf adaptado y en el deporte en general?
Me gustaría dejar un legado muy claro: que el límite muchas veces no está en el cuerpo, sino en la mente… y en las oportunidades que nos dan.
En el surf adaptado me encantaría que, dentro de unos años, haya más niñas, más chicos, más personas con discapacidad que se metan al agua sin tener que preguntarse si “pueden”. Que simplemente lo hagan, que tengan referentes, estructura, material y apoyo, que no tengan que empezar tan solas como muchas veces hemos empezado otros.
Me gustaría que cuando alguien piense en surf adaptado en España, piense en profesionalidad, en alto rendimiento, en ambición. Que no se vea como algo “inspirador” solamente, sino como deporte de verdad, competitivo, exigente y espectacular.
Y en el deporte en general, quiero dejar la idea de que la actitud lo cambia todo. Que no siempre vas a tener las mejores condiciones, el mejor cuerpo o el camino más fácil. Pero puedes tener mentalidad, trabajo y hambre.
Si algún día alguien dice: “gracias a verla, me atreví”… para mí eso ya será legado suficiente.
Porque al final no se trata solo de las olas que yo surfee, sino de las que ayude a que otros se atrevan a surfear.




















