Que sepáis que he agredido a un funcionario y de Hacienda, ni más ni menos. Aclaro que en contra de mi voluntad, eso sí.

Estuve esperando mi turno como buena ciudadana. Cuando salió el numerito me acerqué al mostrador y llevaba unos papeles metidos en la típica fundita de plástico, dentro del bolso. Al sacarlos se me enganchó el dedo en el asa del bolso y no sé cómo lancé la funda contra el señor.

El problema fue que el mostrador está en alto y ellos están sentados detrás… abajito. El plástico se deslizó a toda velocidad por el mostrador y como queda a la altura de los ojos-boca, pues allí colisionaron. Que al pobre hombre casi le salto las gafas. Vamos que llegué y le estampé los documentos en toda la cara. Imaginaos la mía. ¡Que yo no pierdo los papeles, que los uso como armas mortales!

No obstante tengo que decir que, en contra de todo pronóstico dada la injusta fama que les precede, el funcionario se portó genial. Incluso esbozó una sonrisa, que ya es.

Basta de estereotipos. Te puedes encontrar idiotas en todas partes, sin embargo últimamente frecuento bastantes edificios públicos y me encuentro con seres maravillosos. Como el guardia que entretuvo a mi hijo durante buena parte de la mañana, mientras me atendían’. Tanto es así, que cuando llegamos a casa el niño le hizo un dibujo y está empeñado en ir a enseñárselo. Por aquí arriba os lo dejo.

Al final somos gente. Gente maja, que encaja con una sonrisa que le lances unos papeles en toda la cara.O gente menos maja, que te recibe con cajas destempladas por coger una caja (esa ya es otra historia).