Mis hijos cada día se expresan mejor, lo que es estupendo mientras no se dediquen a lanzar dardos envenenados hacia mi persona sin ningún miramiento. Hoy en el coche iba cantando y bailando, aleteando los brazos con las manos en el volante (sí, canto y bailo en el coche). Y el peque que iba detrás en su silla suelta por su boquita:

  • D: Mamá estoy pasando vergüenza ajena
  • Yo: ¿Por qué? Seguro que si papá hiciera el payaso, te reirías.
  • D: Punto uno, papá no haría esto. Punto dos, a papá no le cuelga así la carne de los brazos.
  • Yo: hundida en la miseria, mientras me miro el colgajo que se balancea cuando pones sal. (No disimuléis. Much@s sabéis de lo que hablo).

Para rematar luego nos hemos puesto a ver fotos del verano. Madre mía, madre mía. En las de bikini deberían poner una advertencia tipo ‘estas imágenes pueden herir su sensibilidad. Tengo celulitis nivel experto, casi casi nivel dios (que no diosa) y estoy  blandiiita. Pero… y qué más da, si son cosas de la edad. Continuaré paseando, ajena a todo, sin ser consciente del cuadro hasta que vuelva a ver alguna foto, drame y se me olvide al momento.

Ya me pondré en forma, o no. A quien no le guste que no mire que para ver carnes prietas y cuerpazos ya está el Instagram. Hay pa aburrir.

PD. En el próximo continuamos con el tema edad, la conciencia y el olvido.