La última sección de Jardín d’Enfants me ha traído recuerdos de mi infancia-adolescencia. Allá por los 87-90 cuando yo no era yo, si no una mini ‘Robocop’ farfallosa, con metal corrector prácticamente por todo mi cuerpo. ¡¡Cómo envidio a los teens del nuevo milenio y sus técnicas invisibles!!

Era 4 ojos, Igor, Felipes… Llevaba gafas de culo de vaso, de esas que hacen los ojos pequeniiiiiitos, aparato de espalda y una cuña en el zapato para la escoliosis. Además de una ortodoncia de estas con paladar y hierros que no me dejaba vocalizar (de hecho ya me parecía demasiado y no me lo puse lo suficiente). Un poema, vamos.

Ahora con la ortodoncia que no se ve, esas gafitas monísimas de colorines (que dan ganas de llevarlas incluso sin cristal), las lentillas, etc. ¡Se acabó el tormento!  Tormento, entre comillas. Tampoco hagamos una tragicomedia… Lo que no te mata, te hace más fuerte y al final todo pasa.

Con el tiempo los hierros se quitan y las gafotas, que me permitían ver, pero no permitían que se me viera, desaparecen. Me crecieron los ojos y mucho más lo que no son los ojos, sin gran trauma aparente. Si no contamos que quien bajaba la vista hacia donde no están los ojos, se encontraba con mi mano abierta… ¡Ahora que se veían, nadie los miraba!