Recientemente nos fuimos a leer nuestro ejemplar de Hello algo más lejos de lo habitual, hasta la capital de Bulgaria, Sofía. La ciudad nos recibe por la noche con una capa inicial de nieve y una temperatura de menos 10 grados que invitan a tomarse un vino caliente y meterse debajo de varias mantas. El Hotel Rila, que es donde nos encontramos es un establecimiento inaugurado en los años 60 y que, aunque ubicado en una situación excelente, me recuerda a ratos al Hotel Budapest del film de Wes Anderson. Moquetas setenteras, mensajes de prevención dignos de fotos moderniquis de instagram y la austeridad soviética del pasado que sigue presente en toda la ciudad.

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Amanece en la ciudad y al abrir las cortinas, nos sorprende la vista de la gran montaña de Vitosha, inundada de picos nevados y a sus pies la pequeña capilla de boyana. Bajo apenas la mirada y veo el Centro de Convenciones con su símbolo en forma de rosetón de color oscuro y muy cerca, casi encima nuestro, la imponente catedral de Alexander Nevski, joya arquitectónica de la ciudad con sus cúpulas rematadas en oro brillante.

No hay tiempo que perder, queremos disfrutar la ciudad y exprimir su jugo de austeridad balcánica. Tenemos la suerte de encontrarnos a cinco minutos del centro y realmente se nota que la ciudad quiere presentar una imagen de modernidad europea que solo posee en esta área. Aunque en su descargo están recuperando a la carrera, edificios históricos como la imponente Mezquita Banya Bashi y el gran trabajo realizado en la parada de metro central “Serdika”. Impredible con sus restos de Decumanus romano, pilares existentes de la antigua Tracia y cuna del gran Espartaco, el famoso guerrero.

En estos momentos nos encontramos a menos ocho grados de temperatura y se agradece, al igual que hacen la mayoria de los búlgaros, beber de las fuentes que facilitan agua caliente en los baños termales que actualmente se encuentran cerrados al público. Tras ver la precisión del cambio de guardia en los soldados vestidos con sus uniformes de húsar, el día lo acabamos visitando la iglesia rusa y los mercaditos con los souvenires de la era sovietica que podemos encontrar cerca de la Nevski.

En nuestro segundo día en Sofía, nos levantamos pronto dirigíendonos en tranvía, muy barato por cierto, a la estación de autobuses donde resulta realmente dificil entender la dirección exacta del bus que nos llevará a la gran joya de la corona búlgara: El Monasterio de Rila. Tras varias horas soportando en un microbus el traqueteo de las carreteras infames de este país junto al gusto musical dudoso del conductor, nos machaca los oidos con éxitos maquineros de los 90 tales como “Ecuador” llegamos al Monasterio. La cara se nos cambia, pues es una obra que no hemos visto igual en viajes realizados antes.

Se trata de un monasterio del siglo X, patrimonio de la humanidad, que alberga monjes ermitaños y que tanto por su arquitectura como por sus pinturas eclesiásticas muy coloristas merece nuestra máxima calificación. Tras una extensa vuelta por el interior donde nos cruzamos con algunos popes tradicionales vestidos integramente de negro, nos dirigimos al único restaurante abierto que encontramos detrás de la edificación. El calor de la chimenea nos proporciona un calor reconfortante unido a los buenos platos de cordero con ensalada y una cazuela de queso con huevo frito que nos devuelve a la vida con el frio brutal que hace aqui entre montañas. Dado que el atardecer llega muy pronto aqui hay que regresar a la capital tras atravesar pequeñas poblaciones y barrios de presencia industrial y algo mísera.

En nuestro último día en Sofía nos inclinamos por llevar a cabo otra excursión, en este caso a la segunda ciudad más importante del país. Se trata de Plovdiv, que ha sido designada recientemente como capital cultural para 2019. Elegimos en esta ocasión como medio de transporte el tren. Craso error, pues además de lento, tarda más de tres horas en hacer un trayecto de poco más de cien kilómetros, está atestado de gentesobre todo de señoras que se duermen encima producido por el calor insufrible que hace en el compartimento.

Finalmente llegamos a mediodía a Plovdiv, nos encaminamos al empinado casco antiguo, de lo mejor de la ciudad, con casas de madera de fachadas coloristas y tradicionales que en su mayoría albergan museos de costumbres tradicionales, que constituye un buen ejemplo del estilo del Renacimiento búlgaro, un período comprendido entre los siglos XVIII y XIX. Al mismo tiempo, podemos disfrutar de multitud de restos romanos como un gran estadio o incluso un teatro romano. Cenamos muy barato toda clase de carnes y embutidos con la compañía de otros españoles de Erasmus.

Tras comprar varios recuerdos como un par de curiosos muñecos ataviados con vestidos tradicionales y que en su interior guardaban la colonia elaborada con la famosa rosa de bulgária nos dirigimos al aeropuerto de Sofía para regresar a casa.

Un viaje interesante para aquellos que les gusten las reminiscencias soviéticas.

Mas info:

http://www.turismosofia.com/

http://www.freeplovdivtour.com/