Empieza el viaje, pero todavía no las clases, lo que significa tiempo para perderse por las calles de la ciudad eterna y disfrutar de una costumbre muy italiana: il dolce far niente, el placer de no hacer nada.

Tras el aterrizaje, la calurosa bienvenida de Roma, y no solo como metáfora para aludir a la simpatía y naturalidad de su gente. También literalmente, un recibimiento a 29ºC. Pero el calor no es excusa para no empezar a hacer camino al caminar cuando la meta es conocer los rincones más exquisitos de la ciudad.

Tras unos días explorando, descubro quizás una de las que serán mis aficiones favoritas aquí: relajarse en una terraza rodeada de hiedras para disfrutar de una combinación típica y tópica en Italia, vino y queso. Resulta fácil encontrar una amplia oferta de «wine bars», idílicos espacios en los que relajarse y dejar que el sabor de una gran variedad de quesos baile en armonía con la esencia del vino en tu paladar. Muchos de ellos en el barrio de Trastevere, para aquellos más bohemios y que prefieran una zona más reservada. Otros, en el corazón de la ciudad, a escasos pasos de los emblemáticos monumentos como la Fontana di Trevi o el monumento a Vittorio Emanuele II, para quienes no quieran alejarse del entorno más histórico de la antigua città.

 

Il dolce far niente, wine bar en Roma   Il dolce far niente, wine bar en Roma

 

Se trata de un pasatiempos escogido por muchos turistas, los cuales no faltan en Roma en ninguna época del año, pero también por los propios italianos, quienes se han ganado la fama de saber encontrar, entre ese afán de aprovechar el tiempo que parecen tener las sociedades modernas, un momento para disfrutar de il dolce far niente, no hacer nada y no sentirse culpable por ello.

Este tópico italiano, que ha dado lugar a grandes obras desde cinematográficas hasta poéticas, parece fácil, de entrada, pero no lo es tanto. En una sociedad en continuo movimiento, como la nuestra, quizás sea necesario venir a Roma para aprender a descansar y disfrutar.

 

«Dolce Far Niente», Antonio Plaza

Feliz yo que tendido boca arriba,
sin amo sin mujer sin nada de eso;
ni me duelo de Job ni envidio a Creso,
ni me importa que el Diablo muera o viva.
Indiferente a lo que el docto escriba,
en holganza constante me esperezo,
y después de roncar, canto el bostezo,
y después de cantar, Morfeo me priva.
Aquella maldición que Adán nos trajo,
de que “al hombre le sude hasta su lomo
para comer un poco de tasajo”;
por una chanza del Señor la tomo;
que si yo he de comer de mi trabajo,
entonces, la verdad… ¡mejor no como!

 

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