Siempre he soñado con visitar La India. Mi querido esposo, que de príncipe azul tiene poco, pero a veces es como el Hada Madrina de Cenicienta, me concedió el deseo el año pasado.

Aún hoy estoy digiriendo el viaje, tras año y pico de juicio y apelación, con un resultado flipante y una aventura más a la saca.

Los papis trotamundos llegamos a Delhi a las dos de la madrugada y por el camino nos contaron que estaban en fiestas.

¡Qué bien! Dije, ilusa de mi.

Cuando llegamos la calle de acceso a nuestro hotel estaba cortada y la policía no nos dejó pasar. Me asomé y la estampa era dantesca: montones de basura, gente durmiendo encima, perros comiéndosela. Nos explicaron que justo en esa zona se celebraba un festival multitudinario y que era peligrosos que entráramos. En especial la señora…

Así que nos trasladaron a una oficina de turismo que nos sacó de Delhi, porque según ellos no había habitaciones en ningún hotel de la ciudad.

Demandamos a nuestra agencia Expedia por dejarnos abandonados, pero los jueces han considerado que no queda suficientemente probado que no pudiéramos acceder al hotel.

¡¡Nooooo!! Nosotros podíamos llegar perfectamente a nuestra habitación, después de un viaje de 20 horas, 2 aeropuertos y una noche sin dormir. Pero lo que nos apetecía realmente, era pagar un pastón para que un taxista medio borracho nos paseara durante toda la nui por las estupendas carreteras indias, hasta llegar a Agra. Ocho horas rezando para volver a ver a mis niños y dando conversación en inglés al señor para que no se durmiera del todo.

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Vamos, un placer, una maravilla igualita que el Taj Mahal. Tengo que decir que por verlo valió la pena todo. Siempre soñé con estar allí y es de las cosas más hermosas que he contemplado en mi vida.

En realidad nuestro periplo por toda La India, acompañados de nuestro inseparable conductor-kamikaze (al que acabamos cogiendo cariño), fue una aventura inolvidable. Continuamos recorriendo lugares durante 6 días más hasta llegar a Nueva Delhi, una vez acabado el Festival de las narices.dsc_0351

Fue un viaje de contrastes, de sensaciones de todo tipo, de conocerse, de aprender a valorar, de ver maravillas y horrendidades. De extraer vivencias para poder transmitirlas a nuestros hijos.

Si le preguntarais a mi marido os contaría otra película. A él le espantó. Pero yo intento sacar lo positivo de cada experiencia, lo bello, los colores, los aromas, la sensación indescriptible en la tumba de Ghandi.

Siempre se aprende.