El fin de semana pasado viví un episodio del que aún no me he sacudido el bochorno y lo peor es que hoy me he sorprendido volviéndolo a hacer.

Os cuento: iba conduciendo con mi musiquita y mis niños detrás, cuando me dice el nano «mamá ese señor te llama. Ahora te aplaude».

El señor era el taxista que tenía al lado parado en el semáforo y que por lo que parece, había disfrutado con mis dancings y me estaba animando a seguir. Sí, canto y bailo en el coche y no creo que sea la única. Normalmente ni nos damos cuenta. Fluye. Oyes música y sale solo.

Pero claro, una cosa es estar a tu bola, con tu coreografía al volante y otra tener un fan desatado, levantando el pulgar y aplaudiendo sin parar; haciéndote sentir una pirada. Yo me giré muy digna, hice el signo de ok también, le sonreí y me dispuse a seguir con mi vida.

El semáforo se hizo eterno, el hombre no se cansaba y yo sinceramente quería acabar con la vergüenza y olvidar el tema. Por fin se puso en verde, emprendimos la marcha y nos metimos en un túnel de estos que vas chafando huevos o te crujen. Y ahí seguía, a mi lado, a mi misma velocidad, con su pulgar en alto.

Cuando salimos del túnel aceleré y le perdí, mientras los niños gritaban ¡Dale dale! Me prometí no volver a hacerlo. Con cantar sobra. Y así ha sido hasta hoy, que ha vuelto a fluir. Ya nos amargamos por mil cosas al día, si te sale cantar y bailar; canta y baila. Y si tienes público inesperado, pues eso que se lleva. Tu aguantas el tirón y punto.